domingo, 16 de junio de 2019

La espiral ascendente: el Amor nunca deja de ser

Me preparé para mi puesto como Embajadora por un año completo.  

Lecturas,  conferencias,  exámenes y numerosas citas con diplomáticos,  ministros,  organizaciones ambientales,  culturales y sociales en mi país con pasión y entrega para presentarle su cara a la India.  

Me empapé de Costa Rica por dentro y todo el 2016 fue un soltar constante de mi vida hasta entonces.  Continué enseñando lo que amo,  sosteniendo a mis niños y preparando todo lo concerniente a nuestro viaje a India.  El sueño era llevármelos a conocer el lugar que me había hecho renacer,  que ellos pudieran perfeccionar su inglés y conocer una cultura diametralmente opuesta en muchas cosas pero llena de una sabiduría milenaria que ignoramos en Occidente.

La sabiduría de la compasión,  la paciencia y el camino interior. 

Pasaron muchos meses.  Cada noche con mis niños era una despedida y lloré muchísimo porque acordé con su padre que yo me iría sola primero a explorar las posibilidades para ellos en escuelas,  vivienda y estilo de vida.  Sabía que no podía llevármelos de una vez porque India sorprende y Nueva Delhi era desconocida para mí.  Había viajado innumerables veces al sur pero en Delhi sólo de paso.  Mi exploración era necesaria e implicaba una despedida temporal pero nada agradable de mis pequeñitos. 

Partí hacia India el 15 de marzo del 2017,  después de dos meses de trabajo de planta en el Ministerio de Relaciones Exteriores de mi país.  Dejé listos los pasaportes diplomáticos de mis tres niños pequeños,  sus visas para Estados Unidos e India y también todos los seguros médicos que conllevaban mi puesto.  Los embajadores pueden viajar con sus familias,  menaje de casa,  seguros internacionales y dos ayudantes domésticos así que supe desde un inicio que quería llevarme a mi familia,  más siendo un puesto de al menos dos años.

Llegar a Nueva Delhi y comprender que mi sueño era una quimera fue una.

La ciudad de 25 millones de personas ardía no sólo en el calor del verano que arreciaba para llegar a los 50 grados,  sino que se hundía en una nube perenne de polución.  Conseguí un apartamento bien ubicado y sin muebles,  ya que me negué a llevarme mi menaje de casa que implicaba un gasto para el Estado costarricense de más de $35000.   

Me dije:  voy a empezar una vida nueva desde cero y con respeto por mis compatriotas.

Mi apartamento nunca llegó a tener muebles.  Dormía en el suelo y amigos generosos me dieron alfombras y los implementos básicos.  El aire acondicionado no podría protegerme del calor infernal ya que vivía en un último piso.  Con mucho dolor en el alma,  comprendí que traer a mis niños a estas condiciones de vida sería un suplicio para ellos:  la madre trabajando arduamente en la Embajada,  ellos solos con el servicio más una escuela en hindi e inglés,  el shock cultural y además,  las inclemencias del tiempo y la separación de su padre y familiares en Costa Rica.

Con mucho dolor,  como madre que soy,  antepuse su bienestar al mío propio y tuve que soltar a mis niños.  Cada noche los lloré anhelando el regreso lo antes posible.    

Durante mi gestión,  cada periodo de vacaciones lo pasé en Costa Rica y viajé incluso de emergencia con una licencia cuando mi niño Theo se enfermó.   

Pasé más de un año sirviendo a mi país con mucha dedicación.  No había habido Embajador en casi 4 años y a nivel diplomático,  las autoridades indias estaban muy complacidas de que finalmente Costa Rica tuviera una representante de mi rango.  En los círculos diplomáticos,  no tener Embajador con una embajada abierta es una señal de desinterés e inopia.  

Así que empecé a vivir en la ambigüedad permanente de extrañar a mis niños y fascinarme cada vez más con mi trabajo.  La paz,  la democracia,  el ambiente,  los derechos de las mujeres y los derechos humanos eran mi pan de cada día.   La misión de Costa Rica empezó a tener resonancia en los círculos del gobierno indio y el resto de las casi 200 misiones en Nueva Delhi de todo el mundo.  Amaba mi trabajo pero añoraba inmensamente a mis pequeños y mi práctica espiritual fue el pivote que me sostuvo en el dolor desgarrador de la ausencia y la separación. 

Varias veces llegué al punto de querer regresarme,  sin embargo,  el amor por mi país y las semillas que fui sembrando en India con el nombre de Costa Rica me pedían quedarme.  Mis niños me reclamaban y pedían que volviera en cada viaje...y cada regreso a India desde Costa Rica era dolorosísimo.  

Sin embargo,  ya sabía que mi gestión duraría poco por el cambio de gobierno y que mis días estaban contados. 

Así fue y después de un año y medio de estar con el corazón en la mano,  partida entre Costa Rica e India,  recibí la noticia de que mi gestión había terminado.  Sentí un alivio inmenso,  una carga menos en mi corazón de madre.  Comencé a preparar el regreso a mi vida en mi país con mis niños,  mi escuela de yoga y varios planes nuevos para seguir enseñando a nivel mundial.

Antes de partir para India a mi trabajo nuevo,  acordé con mi ex esposo por escrito con abogados y testigos que los niños estarían temporalmente viviendo con él hasta mi regreso a San José.   Mi intención siempre fue llevármelos para India.   Me fui con el corazón tranquilo confiando en su palabra de dármelos de vuelta a mi regreso y volver a las condiciones originales de nuestro divorcio.

Confié en él hasta el último día.

Regresé a Costa Rica finalmente y no tengo palabras para describir la alegría tan grande de estar de nuevo con mi familia.  Regresé a mi casa, mi escuela y mis pequeños y con mi ex siempre hablamos  de una transición equilibrada para los niños de la casa de papá a la de mamá.   Tenía varios planes de viajes y acordamos que estarían en su casa mientras yo trabajara fuera y conmigo cuando estuviera en el país.

Ver a mis niños y abrazarlos de regreso después de tantos meses de separación fue el cielo.  Ahora recuerdo cada segundo de esas tres semanas en Costa Rica con nostalgia:  llevarlos a sus clases de fútbol,   comer helados,  recogerlos en la escuela.  Tenerlos en mi casa en prácticas con mis estudiantes y celebraciones.  Todo se amalgamó en la noche en que Matías presentó su coro en el Teatro Nacional.  Fui con mi pareja Abhishek que fue a conocerlos desde India y mi padre.  Matías cantaba y yo me sentía tan feliz.  Todo estaba normal de nuevo.

Me sentía finalmente en paz.  

Mi ex esposo estaba muy normal y cordial.  Sus padres me saludaron como si nada...jamás hubiera anticipado lo que venía.  Me sentía feliz y agradecida de haber regresado a los míos y que aquel calvario profesional terminara.  El aire puro de mi país,  el cielo azul y las montañas me dieron la bienvenida después de numerosos días en una ciudad gris y café,  donde el cielo nunca se ve y donde las afecciones pulmonares son crónicas y la degeneración de la salud de las personas mortal.

De regreso a Costa Rica podía apreciar aquello con que había crecido.  La presencia de mis hijos grandes y mi nieto fue una fiesta para mi corazón adolorido por tantos meses de ausencia.   El abrazo de mis padres y amigos una bendición.  Mis estudiantes queridos estaban de regreso al shala,  la vida me sonreía de nuevo haciendo lo que amo con la gente que amaba.

El jueves de esa semana fui por mis niños a la escuela.  Fuimos a comer un batido y los dejé en la casa del padre porque al día siguiente se iban con sus abuelos para Tortuguero.  

No tenía idea que ese sería el último día que los vería...

La pesadilla inició el viernes por la mañana.  Iba saliendo de mi casa al supermercado cuando alguien tocó la puerta.  Llegó la notificación y ese día descendí al infierno más espantoso de mi vida, la pérdida más dolorosa que cualquier ser humano y especialmente madre,  podría experimentar.

Han pasado muchos meses desde ese nefasto día:  22 de noviembre del 2018.  

Los primeros días fueron de shock total.  

Quién me estaba demandando?  Quién me estaba quitando a mis niños amados?  Quién se atrevía a herirme de esta manera tan baja?  

La demanda había sido iniciada hacía 8 meses y yo en India nunca había recibido ninguna notificación!

Estaba en confusión total.  

Acudí a mis padres con el corazón destrozado.  Intenté llamar a mis niños y nunca pude comunicarme.  Fue un fin de semana infernal.  No había respuesta a los mensajes,  no había nadie que me dijera como estaban.  Los abuelos paternos se evaporaron en el aire con mis niños.  Mi ex esposo había salido del país y tampoco contestaba.  Habían planeado todos los detalles de la notificación de antemano de forma cruel e inhumana.

El dolor que experimenté en esos tres días fue y es el más intenso de mi vida entera.  El desgarro que mi corazón sufrió es una herida que no sana,  no importa cuántos días hayan transcurrido.  

Siendo abogada,  leí la demanda con incredulidad donde se me acusaba de ser una ¨madre ausente¨.  Una madre que había dedicado todas sus energías a sostener a sus niños desde su nacimiento con esfuerzo y dedicación,  a cuidarlos amorosamente,  preocuparse por su salud, educación y bienestar espiritual.  Una madre que los había dejado para ir a trabajar y sostenerlos en su estilo de vida.  Una madre que se moría por abrazarlos desde hace meses.  

Cada viaje de trabajo me aseguraba que los niños estaban cuidados por su padre,  los abuelos maternos y paternos y el servicio doméstico,  mujeres amorosas que tenían años de trabajar conmigo y conocían a mis niños como la palma de su mano.  Viajaba sí,  porque de no viajar mis niños hubieran tenido que ir a una escuela pública.  Amo lo que hago y es un placer enseñar yoga, pero también era responsable de ser la primera entrada económica de mis niños y darles una educación bilingüe era una de mis prioridades.

Leer la demanda me sacó lágrimas de cólera.   Cómo podía alguien mentir tan descaradamente?  Cómo podía separarme de mis corazones basándose en esta basura?  La redacción de la contestación de la demanda tomó días junto a mi abogado y sé que cada uno de los acápites fue contestado desde la verdad de una madre que fue padre y madre a la vez y que todavía no encontraba el don de  desdoblarse para producir lo necesario y a la vez,   estar presente físicamente con los niños.

La injusticia del patriarcado es que nos pide a las mujeres el doble de esfuerzo que a los hombres.  Nos pide ser profesionales y cumplir con carreras y compromisos financieros en las familias pero a la vez nos condena por no estar 100 por ciento presentes.  Hay una imposibilidad material al intentar ser madre soltera, profesional y médula económica del hogar y ser la madre arquetípica costarricense que cocina y amasa la masa.  Al hombre se le concibe con una pareja que lo apoya:  a las mujeres,  sobre toda a las que tenemos anhelos más allá de la maternidad y nos toca criar hijos sin pareja,  nos la tenemos que jugar solas.  

Y para peores se nos cataloga de ´malas madres´.

La demanda se contestó con todas las pruebas pertinentes:  recibos de las escuelas pagados con puntualidad,  transferencias mensuales de dinero al padre de mis niños,  prueba de los pasaportes de los niños listos para viajar a Delhi que nunca fueron usados. Además,  un recuento de la contaminación en Nueva Delhi y las razones para no llevarme a mis niños.  Fotos y numerosos testimonios de amigos y familiares donde constaba mi compromiso y amor por mis pequeños.  

Sin embargo,  nada de mi prueba fue considerada para fijar la medida cautelar que me traspasó el corazón.  La jueza falló a favor del padre sin demora y le otorgó la convivencia con mis niños,  dándome el insulto de verlos dos meses al mes y además, con supervisión. 
  
Como madre,  la sensación era incomprensible.  Había estado sacrificando mi corazón por meses por mi país y ahora que regresaba a mi tierra,  las mismas autoridades que me enviaron me castigaban con el peor castigo, la separación forzada de mis amores.  

Sentí la muerte.  La muerte en vida. 

Recorría mi casa llena de habitaciones vacías y me preguntaba quiénes eran estas personas que me acusaban,  que mentían sin ningún tipo de consciencia,  de moral y sinvergüenzas.  Veía las camitas de mis pequeños y abrazaba las almohadas extrañando su olor,  su abrazo y sus bracitos en  mi cuello.  

Escuchaba sus voces en mi cabeza nada más porque todas las llamadas estaban bloqueadas.   

No podía dejar de llorar.

El abogado me dijo que apelaríamos,  que fuera positiva.  Mis padres me apoyaron como pudieron pero el dolor que me aquejaba nadie lo puede comprender,  a menos que hayan pasado por lo mismo.  Hablé con numerosos padres de familia,  todos víctimas de la injusticia que me estaba sucediendo.  Hombres todos flagelados por una sistema donde la ley prevalece sobre los sentimientos y el amor.

Yo también era ¨el hombre de la familia¨-  sí, yo era el hombre.

Dejé de dormir.
Dejé de comer.
Dejé de moverme.

Lloraba y lloraba, impotente ante la realidad irreal que me estaba sucediendo.  Se sentía como un realidad paralela, donde nada tenía sentido.  Comencé a ver la decadencia en mi ánimo:  no podía practicar, sólo lloraba.  

Fue un momento de muchísima verdad ya que supe instantáneamente quiénes eran mis amigos verdaderos.

Había pedido verdad.  Aquí estaba.  Dolorosa y presente pero a la vez liberadora.  

Como abogada sabía que empezaba un calvario.  Demandar a alguien por la espalda equivale a una puñalada con consecuencias nefastas no sólo para las partes sino en este caso para tres niños pequeños.  La vía del diálogo en que creo fielmente hasta el final había sido sustituida por una guerra sin cuartel.   

La imagen de dos elefantes peleando me venía a la mente constantemente,  uno de ellos indiferente al destrozo de sus crías entre sus patas. Sabía que yo no quería pelear,  pero indudablemente me tenía que defender.  

Comprendí los tiempos procesales y los  muchos meses de espera que venían.  Con el corazón compungido cerré mi casa y tomé el avión a los brazos de quién me esperaba para sostenerme. 

En India  un guerrero me cuidó,  alimentó,  abrazó y sostuvo por meses,  devastada y enferma,  deprimida y doliente ante una realidad que no podía digerir y el dolor extremo de la pérdida de mis niños amados.
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Hoy,  aquí en Ibiza,  después de un mes de viajar por España y varios de vivir en India,  sé que hice lo correcto.   

Volé a la tierra que me cura,  a aquella que sana las heridas del alma más quebrada.  

Siete meses después nuestra apelación fue resuelta en negativo lo que implica que los niños se quedan con el padre.  En cuanto al fondo de la demanda,  todavía no hay humo blanco.  Se habla en este tipo de procesos entre 3 y 5 años,  lo que significa que mis niños tendrán 16,  15 y 14 años cuando finalmente la sentencia resuelva la custodia compartida que estamos pidiendo.  

En siete meses he muerto a quién era y he renacido a quién soy aquí ahora,  la magia y poder del yoga y mi maestro la mejor medicina para el alma rota de una madre que injustamente fue separada de su sangre.  Un sistema machista, patriarcal y retrógrado donde la imagen que no calza en el inconsciente colectivo de un país atrasado determina las vidas de aquellos que anhelamos vivir vidas conscientes.

Una patria que me envía como su representante a un lugar tan lejano y difícil y luego me cobra el peso de mi ausencia en sangre.  Una patria donde las autoridades no comprenden el impacto de favorecer desequilibradamente a uno de los progenitores y viola principios sagrados de vida  es una patria de ignorantes.  Una patria donde las mujeres y los niños somos sometidos a dolores psicológicos extremos por la separación forzada  es una patria donde reina la oscuridad y la violencia.

Mis niños sufren el Síndrome de Alienación Parental desde que partí a India a servir a mi país y probablemente desde antes.   Les han dicho que los abandoné.  Les han dicho que no los amo.  Algún día leerán estas letras y sabrán que nada de eso es cierto.  Lo sé porque les hablo cada semana y sus ojitos están tristes y caídos.  Sus sonrisas a medias,  atrapados en la injusticia de una realidad familiar donde se ataca a su madre de maneras sutiles y donde no se les permite expresar sus sentimientos libremente.

Y ese no es el problema:  el problema es que un Juez que se llame así decida a favor de la inmoralidad y la injusticia.  Y lo peor de todo:  que ese Juez sea una mujer y también madre.

Apelo a quiénes me conocen y saben de mi amor por mis niños,  no sólo en Costa Rica sino en muchos lugares del mundo ya que conocieron a mis niños y vieron el tierno amor que les profeso.  La custodia compartida es el derecho de vida de los niños:  su padre y su madre por igual.    

La espiral ascendente del Amor no podrá cerrarse nunca y toda fuerza inferior al amor será destruida:  es cuestión de tiempo.  










sábado, 15 de junio de 2019

La espiral descendente: el Vacío es una cama de plumas continuación


A través de los años experimentamos todo tipo de montañas rusas:  momentos de gozo supremo seguidos de etapas de mucha soledad,  incertidumbre y miedo.  

Esta es la rueda de la vida y algunas veces sube y otras desciende estrepitosamente,  a gran velocidad, sin ningún sentido y sólo la fe en que hay algo más grande guiándonos en la oscuridad y la incerteza nos permite continuar.

Entré en la espiral descendente a partir del año 2012.  Cuando mi hijo Matías,  el más pequeño,  cumplió 1 año,  ese mismo día supe que tenía que terminar mi matrimonio.   Cuando una relación pesa,  cuando los altercados son más que las conexiones,  cuando el otro piensa distinto en muchas cosas y no encontramos ese cordón al corazón,  es hora de sacar la espada. Algunos se quedan en relaciones mediocres y ahí envejecen,  quejándose de su destino y echándole la culpa de su infelicidad al otro.  

Otras tomamos acción.

Yo ya sabía que estaba con mi entonces esposo más por los niños que por mí misma.  Me despertaba muchas veces en la noche con una sensación de ahogo en el pecho.  Lloraba y me volvía a dormir,  atrapada en una noria de cotidianidad donde mis hijos eran una distracción que me permitía sentirme útil,  pero al mismo tiempo sufría de angustia existencial,  tristeza constante y mucha apatía.  Coincidió todo esto con el efecto de mi práctica de segunda serie diaria,  donde las emociones de atrás empezaron a aflorar.  Me sentía sombría y desmotivada ante la vida misma a pesar de mi práctica.  

Era una ironía todo esto:  tenía a mis hermosos hijos,  todos maravillosos,  sensatos,  intensos e inteligentes.  

Por qué no podía ser feliz?  


Por qué no podía acoplarme a este tren que ya iba rumbo a no sé dónde pero que contaba con la aprobación social,  un estudio floreciente y una fachada de pareja que parecía ideal?



Las profundidades de la psiquis femenina son difíciles de comprender,  incluso para nosotras mismas.  Leía y releía mi libro preferido,  Mujeres que corren con los Lobos, buscando una respuesta.  Sabía que era una loba y como loba,  nuestra prioridad es cuidar de nuestros cachorros.  Pero también leía sobre la importancia de seguir la intuición y ver más allá de las apariencias.  Lo vital de seguir mis instintos y no contarme la historia de la familia feliz cuando la madre y esposa vivía una crisis existencial de quién nadie más se percataba.

Continúe mi camino en el yoga, profundizando y aprendiendo.  Hicimos en mi estudio de yoga un curso de filosofía por un año completo con un grupo de maestros y fue un año de gran transformación para todos.  De ese grupo muchos irían a Mysore en India a conocer y practicar con mi Guru.  Todos y cada uno de mis estudiantes seres comprometidos, serios y dedicados y muy buenas personas.  

Al finalizar el curso comprendí que era momento de ser fiel a mi corazón y le pedí a mi entonces esposo que se fuera de mi casa. Necesitaba espacio para pensar y sentir qué seguía.  Si este yoga era cierto, necesitaba ser coherente y escucharme sin interferencias.

La despedida fue dolorosa.  Había mucho amor y también muchísimo apego.  Desgranar mi familia se sentía como arrancarme un brazo.  No podría estar en paz por muchos meses,  noches diarias de insomnio,  tristeza,  constante ansiedad pero también una sensación de libertad que necesitaba y reconocía.  No sabía qué me traería el futuro y ahí fue cuando empecé a escribir este blog.  Ahí fue que necesité compartir lo que me pasaba porque me ayudaba a decantar todo el arsenal emocional en que me encontraba sumergida.

Después de tres meses de separación,  dramas,  reencuentros,  citas con psicólogos de pareja y niños extrañando al padre,  además de la presión de las familias para una reconciliación,  comprendí que tenía que soltar de nuevo mis planes y regresé a la relación a regañadientes.  Regresé no por mí sino por el bien de los niños,  eso me decía a mí misma.  

Hicimos múltiples acuerdos en un intento final de superar nuestras limitaciones propias como personas y reeconectarnos desde el lugar profundo y amoroso que nos había unido. Sin embargo,  el intento fue en vano-  a pesar de que estuvimos juntos dos años más.  

Empecé a recibir muchas invitaciones para enseñar y cada viaje me conectó más conmigo misma,  mi práctica y mi enseñanza.  Decidí hacer esos viajes sola y abrazar Mi Dharma, como dice el Bhagavad Gita.  Estaba en Holanda enseñando cuando comprendí en una llamada que todo se había terminado.   Uno reconoce el instante preciso en que continuar en una relación daña más que dar la estocada final.

Fue un regreso profundamente triste a Costa Rica seguido de la partida de mi ex esposo de la casa y los trámites para un divorcio que se negoció en términos muy civilizados y tomando en cuenta mi estilo de vida que implicaba viajes continuos a India y trabajar en el extranjero y el bienestar de nuestros tres pequeñitos que eran siempre nuestra prioridad.

Del 2014 al 2017,  mi vida se expandió de maneras inesperadas y muy gratificantes.  Mi energía estaba más libre y comencé el proceso de creación de mis sueños a mayor velocidad.   Continué mis viajes a India y mi maestro Sharath me introdujo en el reto de la Serie Tercera,  la Serenidad Sublime.  

Libre de embarazos finalmente,  pude darle rienda suelta a todo el fuego que me quemaba por dentro entre el duelo por la relación y la incertidumbre del futuro.  Los meses en Mysore fueron mi oasis y el origen de los cursos que empezaron a suceder en Costa Rica y que llegaron a ser más de 12 en toda Latinoamérica para compartir el método y sus beneficios.  

Muchos de estos estudiantes terminarían también en Mysore. 

Viajé por Latinoamérica y Europa enseñando.   Sostuve grupos grandes de practicantes en mi casa y shala en Costa Rica,  gentes de muchos países que viajaron a profundizar sus prácticas y algunos de ellos a vivir conmigo y mis niños por varias semanas. 

Comprendí el sentido de que el estudiante viva con su maestro pues es en las acciones del día a día que comprendía las cualidades de las posturas de mis discípulos.   Sus rasgos de personalidad eran claros a la hora de cooperar en las labores de la casa,  el cuidado de los niños,  el seva o servicio al grupo y todo el día a día que es donde se muestra a un yogi-  o a alguien que sólo hace asana.

Hay una diferencia importante entre los dos.

En estos años de entrega conocí yogis amorosos,  seres de luz con prácticas limitadas y también conocí acróbatas que eran egoístas y ensimismados.  Pude experimentar en carne propia la inconsciencia  pero también la amabilidad de aquellos con quiénes sigo conectada hasta hoy en día a pesar de la distancia.   Entendí que el yoga es una máscara que puede esconder muchos demonios y que ver detrás de la máscara no es para todos.  Comprendí que como maestra podía ayudar a ver detrás de muchas máscaras y di mi mejor intento para apuntar a los puntos ciegos.

Algunos lo tomaron con madurez,  otros reaccionaron muy enojados.  Comprendí la frase que dice que los maestros llevamos cicatrices por todo el cuerpo producto de los mordiscos de aquellos a quiénes intentamos ayudar.  Los egos son implacables y en un instante pueden voltear a un practicante de años en cruel enemigo.  


Estando en India en mi viaje número 12,   recibí la invitación a considerar la posibilidad de ser embajadora de mi país Costa Rica en India.   Recuerdo que de pronto sentí que la vida finalmente me respondía el anhelo de mi corazón de años de vivir en un país que amo,  un país que me ha transformado en todas las dimensiones.  

Había llegado el momento de desplegar mis alas.  Había llegado el momento de unificar en esa oportunidad la preparación académica de mi primera vida:  la vida de abogacía con mis maestrías que nunca había comprendido bien para qué eran pero que me daban el boleto académico para accesar el puesto y la vida en India,  el país que espiritualmente me despertó.  

De pronto, todo se conectaba.  Todo coincidía. 
La sincronicidad del cosmos llamándome al otro lado del mundo.

No tenía idea de las consecuencias que esta decisión de vida tendrían para mí, mi familia y mis niños.  No anticipaba la devastación que conllevaría anhelar conectar mi corazón a los dos países que amaba.  

No podía imaginar que esta decisión me pediría entregar lo que amo.












viernes, 14 de junio de 2019

El Vacio es una cama de plumas: continuación


El año pasado escribí mis memorias de vida.  El tiempo que viví en India me dio la inspiración para recopilar los eventos más importantes de mi vida y ponerlos en el papel.  

Fue un proceso de recordar y perdonar al mismo tiempo muy poderoso.  El título del libro me lo dio mi hija Adriana en una conversación por WhatsApp:  

¨El Vacio es una Cama de Plumas¨

Tengo que confesar hoy,  aquí en una mañana oscura en Ibiza,  acompañada por el silencio de la montaña,  el viento en los árboles y los cantos lejanos de pavo reales,  he de confesar que el título me suena hoy como una profecía de lo que venía- no tanto de lo que escribí en su momento.

Así que hoy inicio el capítulo final de mi libro aquí en mi blog,  el cual adjuntaré al libro que ya está circulando.  Gracias a mi amiga Thaís Aguilar por leer mis escritos y sugerirme que el final todavía quedaba inconcluso. Vernos en Madrid fue un paso importante no sólo en esta realización sino también en la perspectiva de cómo escribirlo. 

Siento que es el momento de plasmar mi final...un final abierto ya que todavía no se resuelve nada respecto a mis niños.  

Escribir este capítulo es como meter el dedo en la llaga, una llaga que ya tiene muchos meses abierta y que sangra y supura constantemente.  Es sólo gracias a la misericordia infinita de mi Guru y mi práctica espiritual que me sostengo en pie y por supuesto, a la compañía amorosa de aquellos que me aman y apoyan personalmente y también a través de mensajes, correos y llamadas de todas partes del mundo.

Estas letras serán leídas algún día por mis niños y las escribo para ellos.

Gracias a la vida.


CAPITULO FINAL
EL VACIO ES UNA CAMA DE PLUMAS


Cuando uno llega al yoga,  llega porque ha buscado mucho.  Ha buscado y ha encontrado tal vez pedazos de un lienzo más grande,  pero no todo el lienzo completo.  

Llegar al yoga en esta vida equivale a querer verlo todo y entender de qué se trata este viaje.   Es a través de las prácticas realizadas por años, sin interrupción y de la mano de un maestro que nos acoge,  que empezamos a ver que nuestra historia personal es una pequeña aguja en el pajar de algo mucho más grande.

Somos una pequeña estrella en el firmamento de la vida,  pero somos importantes y únicos cada uno de nosotros con su propia historia.  Llegar al yoga equivale a ganarse la lotería,  a pedir verdad cueste lo que cueste y esa ha sido mi plegaria por muchos años.  Gracias a esta oración constante,  he visto desaparecer de mi vida lugares y gentes que eran un obstáculo para mi evolución y he manifestado seres que me inspiran a seguir adelante y seguir explorando con fe.  

Llegar al yoga equivale a ir más allá de la esperanza.  Es estar dispuestos a verlo todo, no importa cuán intenso y difícil sea desenmascarar a la ilusión.  La ilusión o maya,  la fuerza de la oscuridad en este mundo,  se disfraza con cara de bondad, de devoción y de amor-  un amor muy pusilánime comparado con el amor de verdad.  Nos seduce y engaña y caemos presa si todavía estamos dormidos y anhelamos la incompleta felicidad de este plano.

Mi historia de vida ha estado plagada de dolor que yo misma he creado al proyectarme en otros.  El yoga me ha enseñado que hay muchos espejos y he aprendido a verme primero yo con honestidad.
Veo hacia atrás y recuerdo la pasión que sentía por este camino que empezaba a abrirse.  

Era la respuesta que había buscado por tantos años a mis preguntas...llegaban respuestas y a la vez, más y más preguntas venían y me desconcertaban y motivaban al mismo tiempo. 

La espiral ascendente le llamo ahora. 

Gael nació en una parto divino,  en una piscina de agua tibia con la compañía amorosa de mi doula y su padre,  inmersos en agua,  gritos de extasis y tanta belleza.  Fue un parto sin ningún tipo de anestesia y por lo tanto,  profundamente intenso pero la intensidad se puede soportar sin ningún problema con la fuerza del amor.

Vino la etapa màs dulce de todas.  El bebé amoroso y tranquilo se volvió el centro no sólo de mi familia sino de mi estudio de yoga.  Gael me dio algo que no había conocido:   aprender a aplicar el yoga en un cuerpo que crecía y decrecía,  un cuerpo que probó mi mente ampliamente cuando viajé a India sola con tres meses de embarazo en medio de muchas náuseas y vomitos.  Pasamos este bebé y yo momentos muy difíciles en el vuelo y luego en Mysore y a la vez,  comprendí el sentido de ir más lento,  de escucharme más.  El sentido que mi práctica no era lo más importante,  sino sólo un medio para el fin de estar más presente con mi vida y conocerme mejor a través de las espirales descendentes. 

A Theo lo pedí yo.  Veía a Gael crecer a tantos años de sus hermanos y sentí que un hermano o hermana era importante.  Tuve que insistir y finalmente llegó...fue un embarazo muy sano igual que el de Gael, mi cuerpo de yogini fuerte y presente para lo que le pedía.  Hice mi práctica de yoga durante todo el embarazo de Theo,  canté mantras,  medité,  hice japa...el pequeñito sintió y vivió todo esto y ahora comprendo su personalidad espiritual,  etérea y profunda.

Me sentía tan fuerte y segura para el parto que incluso invité a mi cuñada y a mi hija a estar presentes,  un parto que anticipaba fluiría tan bien como el de Gael.  Yo les iba a mostrar cómo parir en extasis...piscina preparada,  doula amorosa...y luego la tragedia sangrienta de un suceso inexplicable,  inaudito e inesperado. Tal y como es la vida,  que nos sorprende con lo más hermoso o grotesco a la vuelta de la esquina.

La cabecita de Theo se movió ligeramente y no descendió.  

Después de horas de parto y una madre agotada,  el médico intuyó que el bebé no estaba bien.  En mi modorra de labor,  escuché que llamaban a un anestesista y me sacaron de la piscina.  Recuerdo mucho movimiento en el cuarto mientras yo esperaba sola,  totalmente sola y desnuda con mi bebé en mi panza y las salvajes  contracciones que arreciaban intentando sacar al pequeño de mi cuerpo ya que eran demasiadas horas de labor.  

Yo me sentía perdida en el limbo de las madres que damos a luz, confiada en que el proceso me entregaría a mi bebé muy pronto.  

Qué equivocada estaba. 

Theo nació con fórceps y salió azul- envuelto en sus propias heces y ya casi sin oxígeno.  La dosis de anestesia para la madre fue muy alta porque parecía no hacerme efecto,  tanto que después de su nacimiento los músculos de la respiración,  esos que tan bien conozco gracias a mi práctica de yoga,  se paralizaron-  producto del trauma del parto y el miedo de perder a mi bebé.  Por unos minutos no pude respirar.   Sentí como se me escapaba la vida y salí de mi cuerpo y pude observar al pediatra con Theo,  mi hija Adriana y el papá,  todos pendientes del pequeñín mientras yo flotaba en el techo despidiéndome de todos, viendo como mi cuerpo yacía en la cama de un hospital donde yo misma había nacido hacía muchos años atrás.

Ese día saboree la muerte.

Sólo recuerdo que abrieron mis piernas con mucha fuerza y quedé lesionada por muchos meses por la ruptura de mi músculo piramidal en la espalda baja.  Quedé además con una depresión post- parto de meses,  donde lloraba inconsolable de día y de noche ante el trauma que habíamos sufrido.  Theo tenía reflujo y siempre estaba muy incómodo después de comer,  procesando a su tierna edad una experiencia tan fuerte e intensa.  

A diferencia de mis niños anteriores,  el postparto fue muy incómodo y doloroso.  Nunca había sufrido depresión y sólo puedo decir que es estar en una cueva negra sin cielo por muchos meses.  
No quería ni practicar y aunque hubiera querido no podía-  la lesión me acompañó por varios meses y tuve problemas incluso para caminar normalmente. 

El trauma de la violación con unas paletas metálicas impactó mi cuerpo y mi psiquis violentamente a pesar de la anestesia.  Me sentía totalmente sola en mi dolor.  Amamantaba al pequeñito pero no estaba presente,  rememorando continuamente el trauma del nacimiento. 

A pesar que me insistieron en tomar medicamentos,  comprendía que tomarlos se los pasaría a Theo en la leche y por tanto me negué rotundamente.  Ya suficiente tenía mi bebé que procesar para además hacerlo adicto a medicinas psiquiátricas desde tan pequeño...así que decidí reiniciar mi práctica de yoga.  

Un dia a la vez...sólo respirando ya que no podía moverme.


Theo nació el 4 de febrero.  En agosto me dí cuenta que estaba de nuevo embarazada.  Recuerdo sentirme feliz,  a pesar de que todo apuntaba a que era mala idea.  Theo tenía sólo cinco meses y estaba amamantando,  como amamanté a todos mis niños por un año,  incluso más.  Supe de Matías porque Theo ya no quería mi leche...había cambiado de sabor.

Y fue entonces que llegué a ese punto en que todos llegamos en la vida,  ese punto de encrucijada donde decimos ¨por qué a mí´...ese lugar de posibilidades donde se cuecen milagros o tragedias.  Ese momento donde la duda no sirve ante la insistencia de la vida en que abracemos lo que es.

El yoga más arduo de todos,  la aceptación radical de lo que es.

Mi amor Matías nació con una cesárea porque su madre no podía acuclillarse.  El piramidal empeoró con la subida de peso en el embarazo y me resigné a caminar con mucho dolor y a no poder parir a mi niño.  

Matías es mi héroe personal porque vino a unos padres que estaban cerrados y deprimidos.  Nos ha tocado a todos con su gracia y sabiduría y es alguien que respeto inmensamente por su gran valentía de saltar al vacío con fe.

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Hoy llego hasta aquí.  

Así fueron las entradas de mis preciosos hijos en el mundo.  Cada parto muy simbólico e importante en mi camino como madre.  Cada ser que ha venido al mundo a través mío es un maestro en amor incondicional,  paciencia,  compasión,  entrega y fe. 

Mañana continúo este relato de amor y envío hoy,  como todos los días,  mi corazón hasta Costa Rica donde mis niños duermen y en sueños los acaricio y abrazo como el primer día que los conocí, extrañándolos y amándolos a distancia por designio del destino.

Unidos en alma y corazón porque el amor no conoce distancia.


























lunes, 10 de junio de 2019

La Gracia del Guru

La figura del Guru en Occidente es desconocida.

En Oriente,  existe un respecto insondable hacia las enseñanzas y aquel que las entrega.  Enseñé en Japón una vez y fue una experiencia muy hermosa.  Mis estudiantes escuchaban,  realmente escuchaban.  No tenía que repetirles las instrucciones.  

Era magia pura. 

Después de tres semanas de enseñanza en la bella ciudad de Málaga,  me voy agradecida tanto con los que escucharon como con los que no.  Entregar lo sagrado de las enseñanzas es como sembrar semillas y algunas caen en tierra fértil  que ha sido preparada con amor y dedicación por años.

Me voy feliz de saber que estas semillas seguirán creciendo y darán,  en su momento,  frutos jugosos y flores inolvidables.

Otras semillas cayeron en tierra árida,  ahogada de tristeza y desesperanza.  No sé qué irá a suceder con ellas.  A veces me pongo triste,  pensando en que morirán en medio de patrones mentales enfermos,  actitudes de mucha arrogancia y mentes confundidas.  Pero sé que no es mi responsabilidad darle agua a la semilla, sino de cada un@ que creó en su vida el espacio para recibirla.

La ironía de la vida es que nos damos cuenta de lo que hemos perdido hasta que es demasiado tarde y algunas semillas mueren no más haber sido sembradas. 

Cuando estoy con mi maestro,  cada palabra suya me mueve y me interesa.  No hay nada casual en sus conductas,  aunque a veces me detone sentimientos y resistencia.  Antes,  tenía opiniones al respecto e incluso mi mente ignorante encontraba formas de hacer las cosas ¨mejor¨...hoy veo hacia atrás semejante actitud como una muestra más de la gran ignorancia en que yo vivía,  donde creía tener la última palabra para todo y para todos, incluso para él. 

Me da una profunda pena y hasta vergüenza. He aprendido a escuchar y a ir más profundo incluso que las palabras.

Dicen que este es uno de los super poderes que nos llegan a los yogis:  la capacidad de sensibilizarnos tanto que podemos ¨leer ¨ los pensamientos de los demás,  aún incluso cuando ellos no los tienen claros.  He ¨leído¨ muchas mentes en estas semanas y algunas me han alegrado el día.  Otras me lo han amargado, sobre todo porque veo que el poder de una mente inestable no tiene piedad para destrozar de un manotazo lo creado en muchos días. 

Los venenos del alma,  los que todos traemos en distinta medida al nacer,  son la ignorancia,  la confusión mental,  la ira,  la envidia,  la ambición,  la pereza y el deseo.  Todos nacemos con distintas proporciones de cada uno y uno de ellos nos enseñará sobre todos los demás.  

El antídoto para todos es el mismo: tener la humildad suficiente para decir ¨sé que no sé nada¨ y abrir nuestra mente y corazón a alguien en quién confiamos.  Ese ser,  el maestr@,  puede cambiarnos la vida si bajamos la guardia y nos rendimos de corazón.   Pero por más que lo intente,  el maestro o maestra es inútil si seguimos cerrados,  si tenemos juicios hacia su persona o su forma de vivir y enseñar,  si lo criticamos y nos sentimos de alguna forma superiores a ellos.  

La bendición de las enseñanzas es que algunos bebemos del parampara como del néctar más exquisito,  con una sed de vidas y una gratitud infinita. Nos salva la vida este néctar, si lo tomamos con fe.

Dudar del maestro es equivalente a sacarlo de nuestras vidas.  Y está bien, porque tal vez llegará otro y otra que sí hará el ¨click¨.  Es imposible superar la selva del samsara con nuestra mente desencajada.  Es imposible salir de la jungla del condicionamiento sin ayuda del Guru.  Y el Guru ya es más que el maestro:  es la presencia misma de Dios en la tierra encarnado en un cuerpo físico.  Es una manifestación de la energía que nos ha tocado el alma gracias a nuestras acciones pasadas.  

Ante este milagro algunos todavía reclaman,  incluso al mismo maestro,  sus propias cuitas y dramas personales y le proyectan todas sus miserias. 

Tales seres no merecen un maestro.  Tales seres merecen darle la vuelta a varias encarnaciones y darse duro en la cabeza con el sufrimiento que espera tras cada esquina.  Tales seres son una pérdida de tiempo para quienes enseñamos porque se tragan la energía del grupo con su actitud narcisista y egoísta y su hipervigilancia crítica.  

Cada palabra cae en terreno árido y se seca y a veces,  incluso se escupe de vuelta en la cara del maestro con desprecio e ingratitud.

Ahí es como llega entonces el momento de la despedida.  Por cada paso que el discípulo da hacia el maestro,  el maestro da tres hacia él.  Se mueve porque el deseo por la verdad es urgente.  Pero ante quién desprecia las enseñanzas,  el maestro desaparece.  

Desaparece incluso por vidas enteras porque deshonrar la gracia del guru tiene efectos devastadores en nuestro camino espiritual.  

He aprendido a través de los años que no puedo salvar a nadie.  Cada ser es el creador de su realidad y el responsable de su propia vida.   Si alguien desea continuar en la oscuridad,  no hay mucho que pueda decirle.  Llega un punto en que me doy por vencida.  Ir contra corriente me quita energía para aquellos que realmente están deseosos de verse con honestidad y avanzar con dedicación.

La vida se expande o se contrae de acuerdo a nuestro valor.  He cruzado el mundo entero muchas veces para tocar los pies de mi maestro y lo seguiré haciendo mientras Dios me dé vida.  Lo hago porque su compañía me hace mejor persona,  porque cuando estoy con él siento que soy invencible y sé que puedo lidiar con cualquier reto que me mande la vida.  Quiero a mi maestro entrañablemente y estoy sumamente agradecida con lo que me ha dado y sigue dando,  no sólo a mí,  sino a miles de personas en el mundo entero.

He encontrado a alguien en quién confiar.  

Es de esa confianza que derivan todas las enseñanzas del yoga.  Es ese el origen y la fuente de todo lo que he aprendido en mis años de estudio con él.  Nunca osaría criticarlo.  Sé muy bien que es humano pero hay una relación de respeto y devoción que he aprendido a través de los años y me ha salvado de mí misma y mis ideas de ¨como tiene que ser ¨.   Lo que me ha dado supera con creces sus defectos humanos y sé que trabaja con ahínco y da todo para sostenernos con la entrega de su propia vida.

Su presencia y ejemplo me han liberado.  Su gracia y su amor.   No tengo palabras para agradecer su existencia y deseo que todo aquel que ande buscando encuentre la luz de un maestr@ en esta vida o al menos,  encuentre algo que lo inspire a ser mejor ser humano.

Lo llamo el yoga del buen corazón.  El yoga del sí.  El yoga de la fragilidad de ser humanos y la vez,  estar ahí el uno para el otro en las buenas y en las malas,  cubriéndonos la espalda. 











miércoles, 5 de junio de 2019

Tengo tres niños...

Soy madre.  Soy costarricense.  

Soy dolor,  impotencia y desazón en este momento.    Soy la punta de lanza para denunciar un sistema legal parcializado que separa familias,  deshace corazones y somete a unos niños pequeños e inocentes al agravio de la Alineación Parental.

Soy la madre de Gael.  Gael leerá estas líneas un día,  ojalá no muy lejano.  Gael tiene 12 años y ya entiende muy bien lo que sucede.  Me dijo una vez

"Mami,  mis abuelos quieren separarnos de vos..¨

Me lo dijo con honestidad,  timidez y valentía al mismo tiempo.  Me lo dice cada vez que hablo con él por teléfono con su mirada baja,  sometida a un padre y una madrastra que le imponen una versión del asunto.  Calla en su silencio porque no tiene a nadie con quién compartir su angustia.  Las llamadas conmigo son sólo la punta de un iceberg de miedo y angustia que corren por dentro.

Soy la madre de Theo.  Theo es un ser etéreo,  profundo y delicado.  Theo y yo casi morimos en un parto de emergencia que terminó en una extracción con fórceps.  Theo nació azul por la falta de oxígeno pero para mí,  es Krishna en niño.  Sabio y sutil,  entiende con sus llantos nocturnos que su mamá llora con él en unísono.  Cada noche.  Cada mañana.  Theo siente la ausencia pero tampoco puede decir nada.  

Quiénes lo cuidan tienen una versión de los hechos y nadie va a escuchar la suya.  

Pero sabe que hay algo que está mal.

Así que calla. Pero sabe que no es cierto que su mamá no lo ama.  Sabe que lo amo,  al igual que a todos mis hijos,  con la carne y el espíritu incandescente de quién ha sangrado para traer una vida al mundo.   Porque parir un hij@ es incomprensible hasta para el padre que estuvo presente y más todavía,  para aquellas que nunca sabrán lo que es ser madres y pretenden serlo sin ganárselo.

Soy la madre de Matías.  Matías vino al mundo por un milagro.    Un embarazo tan seguido del otro a mi edad era de alto riesgo...y Matías nació con una dolorosa cesárea debida a un desgarro mayor de mi cadera por el parto anterior.  Sin embargo, trajo a mi vida la lucidez y brillantez de una mente genial y un corazón juguetón.  

Matías leerá esto algún día,  sí.  Sabrá quién lo amé desde el primer instante y para siempre y lo defendí con mi propia vida. 

Mis tres niños sufren la infamia del Síndrome de Alienación Parental.  Mi imagen ha sido pisoteada,  tergiversada y difamada en Costa Rica por muchos,  personas que ni siquiera me conocen y tampoco mi historia y personas inescrupulosas se han valido de muchas mentiras para confundir a mis niños.  Pero la verdad es una y esa es la del Amor.  Cuando supe que había un plan macabro para quitármelos,   tejido por muchos meses a mis espaldas,  entendí que el mal puede tomar las mentes de la gente y degradarlos al grado de animales.


Cuando hay tanta envidia y odio de por medio,  mi estrategia ha sido enviar luz y perdón.  Lo hice cuando llegué a mi país muerta de sed de corazón después de casi dos años sirviendo a mi país en India,  ansiosa por el abrazo de mis pequeños. 

Envié luz,  lloré lágrimas de sangre y recé por mis verdugos... hasta que ya no pude más.  Hasta que entendí que dar la otra mejilla sólo lograría más abusos y mentiras. Hasta que entendí que callar en este caso equivale a ser enterrada y mis niños también.  Hasta que comprendí que sólo yo,  su madre que los adora,  puede denunciar el inmenso daño que personas insensatas y ambiciosas han hecho en mi familia.  

Hasta que me harté porque el abuso llega a un punto en que explota después de 6 meses de no dormir bien entre pesadillas,  no comer a gusto ni tener paz sin mis corazones.

Llegó el día de denunciar públicamente la total desprotección que mi caso ha recibido. Me dí cuenta que permanecer en ese ambiente nefasto e inseguro estaba destrozándome los nervios. En mi propio país,  sólo mis padres me ofrecieron su apoyo incondicional.

Pero aún sintiéndome tan decepcionada,  aún así comprendo quién es el padre y tiene derecho a sus hijos.  Esa es la bendición de la Custodia Compartida: cada progenitor asume su parte y se responsabiliza y la ley protege esta ecuación justa y equilibrada. 

Mi lucha por la Custodia Compartida continuará hasta el final.  Hasta que en Costa Rica y todo el mundo haya una paridad de justicia para ambos progenitores.  Son muchos los casos donde son los papás quiénes sufren escarnios y las madres se vuelven unas mantenidas a costa del ex usando a los niños como excusa. Mi caso es exactamente el opuesto. Yo era quién movía el barco y ponía el pecho a las balas y lo seguiré poniendo hasta que haya justicia.

Pido un voto de apoyo a la causa de salvación contra la agresión en contra de niños inocentes.  Pido un voto de apoyo a las madres que luchamos porque nuestros niños cuenten con lo básico para su educación y necesidades básicas y además,  soñamos con que viajen,  hablen otros idiomas,  se cultiven y sean felices.  Pido un voto para las madres que hemos sido padre y madre porque de lo contrario,  nuestros hijos terminarían en escuelas publicas.  Pido un voto para las madres que somos diferentes,  que no nos damos por vencidas,  que no tememos hablar con la verdad y que seguiremos luchando hasta el final.

Sé que mis niños me aman y me extrañan cada día como yo a ellos,  aunque nadie puede decírselo en palabras por los múltiples obstáculos impuestos ilegalmente y el ambiente de hostilidad hacia mí en que viven y que los daña inmensamente.   Mis padres no los ven hace meses y tampoco pueden contactarlos.   La justicia es torpe e infame ante los afectos humanos y yo pregunto a la juez que le dio al padre todos los derechos sobre los míos si tiene hijos...si se imagina lo que es estar en mis zapatos,  trabajando para sacar la familia adelante fuera del país para darse cuenta que el esposo tiene una amante...y luego,  esta amante se convierte en madrastra y trama todo este escarnio.  

Y llega la justicia ciega y le da la razón.

Yo le pregunto señora juez:  es usted humana?  Tiene corazón?  Como decía Gandhi,  su veredicto es injusto y por tanto,  merece desobediencia.  Por mis niños,  por los niños que sufren sus sentencias vacías y absurdas que causan daño a inocentes.

Costa Rica,  la patria,  los niños y los padres y madres víctimas de sus pronunciamientos se lo demandamos.




lunes, 3 de junio de 2019

El paradigma de la masa



Vivimos en un mundo lleno de expectativas sociales que aprendemos a interiorizar desde pequeños. 

En mi país Costa Rica,  se nos enseñó a leer por generaciones con un libro sumamente machista que todavía recuerdo:

¨Mamá amasa la masa.

Papá lee el periódico...¨

Así crecimos las generaciones anteriores de costarricenses,   pensando y sintiendo subliminalmente que mamá estaba destinada a amasar la masa eternamente,  a ser el alma y corazón de la cocina y a llevar sobre sus hombros unilateralmente el bienestar de la familia.  

Papá a su vez,  cultivaba su intelecto.  Papá no ayudaba a mamá en la cocina.  Vivían juntos pero cada uno en su propio microcosmos.  

El de Papá le permitía accesar el mundo y sus eventos;  el de mamá se limitaba a la masa.

Masa cada día. 

Masa tres o cuatro veces diarias.  Masa que entraba en el cuerpo y se volvía cerebro,  corazón y músculos. 

Masa que no dejaba respirar. 

Comprar la masa en el mercado,  traerla a la casa,  transformarla en tortillas,  comerla y volver a empezar de nuevo en la noria de la repetición,  absortas en lo absurdo de la cotidianidad y el servicio a aquellos que sí les está permitido leer el periódico y conocer el mundo.

Masa que terminan amasándose con lágrimas de rabia,  masa que envenena,  masa que se come pero enferma,  masa que se vuelve vómito ante tanto abuso por generaciones. 

Desde pequeña,  esta imagen de una mujer amasando la masa sin fin me impactó.   Yo no quería amasar ninguna masa.  Me parecía insípido.  Había un mundo allá afuera mucho más interesante,  desde las bicicletas con mis amigos hasta las copas de los árboles,  la música de mi piano y el rugido de las olas del mar.  

Yo no podía estar quieta en una cocina pequeña.  Algunas veces le ayudé a mi abuela a hacer bizcocho y me enseñó a hacer arroz...lo hice más por la alegría de su compañía que por la comida...pero sabía claramente que ese no era mi destino. 

Lo supe desde mis 7 años.

Otras jugaban con muñecas y Barbies.  Yo agarraba mis barbies y les cortaba el pelo.   Las desnudaba y bañaba en el mar. Me parecían aburridas y monótonas a pesar de ser tan perfectas. Mis Barbies tenían aventuras y viajaban por el mundo.  Aprendí los nombres de todas las capitales del mundo desde muy pequeña.

Y mientras tanto,  muchas mamás amasaban la masa y sus pobres hijas no tuvieron más remedio que repetir el sinsentido.  

Mi madre me modeló algo diferente:  mamá lee, se instruye,  estudia.  Mamá viaja y también asiste a conferencias.  Mamá enseña.  Mamá medita.  Mamá hace yoga.   

Mamá también piensa.  Mamá no es sólo sirvienta.  Así que eso de seguir mi intuición lo traigo desde pequeña y las imposiciones sociales siempre las sentí ajenas.  Sabía que seguirlas me asfixiarían la vida y el corazón.  

Desde entonces, mi destino estaba marcado.

Yo no iba a amasar ninguna masa.  No sabía en ese entonces que mi fuego me llevaría a tierras lejanas,  que me mostraría una cara de la vida que pocos se atreven a descubrir porque los miedos anclados en su psiquis desde pequeños les impide moverse.   Hay un mundo maravilloso que nunca conocerán a pesar de que está aquí en toda su magnificencia esperando ser descubierto.

Planté la semilla del mundo entero en cada uno de mis niños y sé que en sus mentes no hay fronteras.  Desde siempre conocieron personas de todos los lugares y aprendieron a abrir su corazón en muchos idiomas y que el amor y las sonrisas no necesitan traducción. 

Aspirar a accesar nuestro máximo potencial en la vida significa necesariamente que nos separaremos del rebaño.  La mediocridad me enferma,  me parece patética:  seres humanos que viven vidas repetitivas,  predecibles e incoloras.   Y mi destino ha sido ser honesta conmigo misma y esto,  por supuesto que toca botones.  

Sacar a muchos del paradigma de la masa,  sacar a muchos de esa inercia insondable es mi deseo y lo hago con mi propio ejemplo de vida.  Además,  a aquellos que estén listos les comparto con gratitud las herramientas para que también empiecen a vivir vidas llenas de colores donde sientan más pasión por todo,  más amor y fe.

Seguir nuestra propia voz requiere agallas y cero intermediarios.  Sin embargo,  para accesarla necesitamos apoyo.  No es fácil salir del silencio, más cuando nuestras mentes han sido adoctrinadas por un sistema que nos quiere zombies.  

Un sistema que aniquila a los pensadores,  que condena a los filósofos y cierra la boca a los líderes. Un sistema que anula a los libre pensadores y espera que nos acoplemos a reglas patriarcales donde se separa a la gente,  se condena lo nuevo y se reprime al que habla su verdad y se sale de la media. 

La conformidad es la muerte del alma, dijo un sabio que admiro hace muchos años. Ralph Waldo Emerson comprendió que el camino hacia la auto confianza implicaba cuestionar muchos paradigmas sociales y sólo desde el cuestionamiento es que podemos encontrar nuestras verdades personales y crear una vida que nos satisfaga internamente. 

La genialidad consiste en creer en nuestros pensamientos y en aquello que es verdad para nosotros,  aunque contravenga lo socialmente aceptado.  Cuántas mujeres seguiríamos hoy amasando la masa?  Gracias a Dios ya muchas no.. pero todavía quedan y hasta que la última de nosotras no sea libre,  el resto no podremos avanzar.  


Pienso en aquellos que sufren y por supuesto,  pienso cada día en mis niños amados que se encuentran en este momento en una encrucijada forzada de afectos y temores.  Los niños aman a sus padres por igual y es injusto y violento ponerlos a escoger.  Mi lucha por la custodia compartida va más allá de mi propia familia por todos los niños que son utilizados por seres de muy baja consciencia para alcanzar metas pecuniarias y dañar con saña al exconyuge.


Hay un momento en la vida cuando llegamos a la convicción de que la envidia es ignorancia y la imitación suicidio.  Ese día debemos vernos a nosotros mismos con sinceridad y decidir cómo vamos a vivir el resto de nuestras vidas.  Todos llevamos un poder por dentro pero se vuelve real hasta que lo ponemos en práctica y acción.  

Un ser humano está en paz hasta que saca su corazón y da lo mejor que tiene.

Aún en medio de un extremo dolor emocional,  sé que tengo mucho amor que dar.  Sigo encontrando almas en mi camino que me apuntan a ser la mejor version de mí misma,  que me inspiran a dar lo mejor que tengo y siento que esto me protege. 


Si podemos tomar responsabilidad por nuestras decisiones y aceptar las consecuencias de nuestro destino,  ese destino nos abrigará dulcemente en su regazo.  Abrazarnos con todo lo que somos y anhelamos significa soltar todo aquello que no somos ni nunca fuimos.  Significa apartarnos del rebaño si es imperativo porque el rebaño puede estar dirigiéndose al acantilado.

Significa detenernos,  contemplar lo que hay y mover nuestra Reina.  Cuando la Reina muere, ahí termina el juego. Pero mientras la Reina viva,  el juego de la vida continúa y mantener a esa Reina viva,  vibrante y contenta es nuestra primera misión.  

Todo el resto se acomodará a su tiempo si nuestro corazón está intacto.  Y la mejor forma de accesar a nuestro corazón es la coherencia y sintonías íntimas con quién somos y nunca dejaremos de ser.  











sábado, 1 de junio de 2019

Al toro por los cuernos


Somos seres espirituales teniendo una experiencia material.  

Cada acontecimiento que nos llega en la vida es una oportunidad para vernos y conocernos mejor,  incluida nuestra sombra.  Algunos creen que por practicar yoga uno se vuelve ajeno a lo que sucede,  está por encima de las emociones y actúa siempre con calma y destreza.

Aunque muchos posen para parecer así,  ser reales en todas nuestras dimensiones y observarnos con detenimiento es la única forma de conocernos mejor.

Yoga es autoconocimiento y ni el yoga ni ningún arte sustituye la vida.  

La autenticidad de ser quién somos es para mí el propósito del camino espiritual.  Incluso si damos espacio a lo ¨negativo¨.  Todas las etiquetas son conceptos que hemos construido de cómo tenemos que ser y vernos si somos ¨espirituales¨-    una capa más en el traje de ego espiritual que anhelamos poseer.

Esto significa que el Samsara nos tiene agarrados desde una visión falsa de quién somos,  aunque parezca una imagen mucho más ¨elevada¨ comparada con quién éramos ¨pre- yoga¨.  Ahora tal vez comemos veganos o vegetarianos,  leemos libros espirituales y cultivamos amistades que hacen asana con nosotros.   

Esto curte y adorna de nuevo un tipo de personalidad: ¨yogi ¨,  ¨maestr@¨.  ¨buscador¨ o ¨estudiante¨.

De nuevo,  el yoga está aquí para romper cualquier personalidad,  apego a imagen,  identificación con rol o expectativas y conceptos.   Está aquí para mostrarnos por contraste que no somos nada de eso:  ni las emociones elevadas ni tampoco las grotescas.  Están ahí para ser observadas y comprendidas en su contexto de humanidad-  sin represiones,  sin negar lo que es.

Cuántos se tragan palabras que luego los enferman,  como si enojarnos ante la injusticia o el abuso fuera ¨no espiritual¨.  

Pues hoy, después de 6 meses de tragar y tragar,  después de 6 meses lejos de mis niños intentando transmutar de alguna forma las energías negativas de odio, rencor y enojo en mi mat,  hoy di rienda suelta,  por primera vez,  a todo lo que había guardado en mi corazón. 


Dí voz a todo aquello que me dolía,  tan profundo el dolor de la pérdida.  Sí,  muchos desean mi silencio.  Sí,  es mejor negar que aceptar y manipular el impacto de los hechos en vez de ver a la cara el resultado de acciones muy bajas y faltas de ética.  

Di rienda suelta a una energía que pedía manifestarse y llamar las cosas por su nombre.  Fue una experiencia intensa,  real y poderosa.  Importante.  

El mal nunca entiende por las buenas.  Si tratamos de ser amables con el malvado,  intentará de alguna forma aprovecharse.  

El yoga es responder al suceso de la forma más diestra.  Ante un ladrón no podemos decir Namasté.  Ante un pillo,  hay que desenmascararlo.  Sí,  no es fácil.  La sangre hierve,  las palabras salen como flechas a clavarse en el agresor.  

Sí,  no se ve ¨espiritual ¨-  si tenemos un concepto de que la espiritualidad está desconectada de la vida.  Nada más fuera de la verdad.  La espiritualidad es ser quién somos hasta la médula, aunque duela,  aunque sangre.  

Ser y hacer en consecuencia,  he ahí el verdadero trabajo.  No sonreír si no lo sentimos. No abrazar para clavar puñales.  No manipular para salirnos con la nuestra.  No ser hipócritas sino honestos y puros incluso en la intensidad de las emociones de la sombra.  

Hoy es un día en que reafirmo que el Amor es la fuerza más potente del Universo.  En su momento,  son flechas afiladas las que protegen el reino del amor,  también piedras y muchas balas porque se necesitan.  

De lo contrario, el enemigo nos ahorca.  

Sí,  parece violento pero igual de violento es un nacimiento.  Cada uno de mis niños vino al mundo entre sangre, moco y agua,  en medio de contracciones dolorosísimas que anticipaban muerte...y la vida se mostró a través de todo esto con la delicadeza y pureza y bienaventuranza del Amor.  A pesar de que mi cuerpo quedó desgarrado,  cosido,  reventado e inflamado,  no cambiaría por nada la presencia de cada uno de los siete.  

Sin ellos, no sería quién soy. 

Sólo rompiendo imágenes de cómo tiene que ser es que podremos descubrir que lo que somos es perfecto. 

Hoy me siento empoderada,  fuerte y segura,  Sé que mis palabras eran necesarias,  sé que el Yoga era estar presente con ellas,   aún en medio de los gritos,  de la desesperación y el dolor,  vociferarlas con fuerza y dirección para intentar traspasar la ceguera,  sordera y crueldad de aquellos atrapados por las fuerzas del mal.  Incluso,  más allá de cualquier expectativa,  el sentir esa seguridad de llamar las cosas por su nombre. 

Somos humanos,  llenos de emociones.  No somos iluminados,  aunque una acción con destreza puede darnos el sabor de la iluminación. Una acción que defienda lo que amamos,  que llore a quién extrañamos con lealtad por lo que sentimos:  eso es verdadero y en esa pureza hay fuerza y también luz.  

Eso es, para mí,  el yoga avanzado.  De qué me sirve una postura bonita si a la hora de ponerle las escobillas al toro salgo corriendo.   Hay que enfrentar con agallas aquello que despreciamos y llamarlo por su nombre,  sin más pelos en la lengua.