jueves, 1 de diciembre de 2016

Cosecha

Aprovecho la espera antes de mi vuelo a Buenos Aires para escribir.

He vivido una de las semanas más intensas y hermosas de mi vida en estas tierras peruanas.  La invitación llegó hace un par de años y lo tuve siempre en mi Bucket List.  Practiqué muchas veces preguntando si tenía que venir y no en vano el trayecto ha sido sabio en cada momento y cada paso.

Encontré una comunidad guiada por un maestro real y comprometido.  En este mundo actual del yoga empaquetado es tan importante contar con seres así.  Cada mañana lo vi despertarse a las 3 am:  la noche anterior dormir a sus niños pequeños de 2 años y 9 meses.  Presente con su familia,  presente en su shala.  Es fácil recibir estudiantes cuando los maestros a cargo tienen esa devoción y humildad en sus vidas.

Y últimamente sólo me topo colegas así.

Los cinco días en Lima con la gente me prepararon para una de las experiencias más profundas que he tenido en mi vida espiritual.  Nunca anticipé lo que venía.  Sabía de estas montañas pero nunca imaginé su poder.  Había escuchado de un valle sagrado...pero no sabía que estaba tan arriba. Llegamos un día a estar a 4400 metros sobre el nivel del mar.

La altura una metáfora de mi deseo de ascender en todos los sentidos en este plano.

La altitud tuvo su efecto.  Sentía la cabeza más liviana y el aire puro me mareaba cada vez que lo respiraba.  Pero también sentí un éxtasis nuevo:  los ocres de las montañas masivas me hablaban. Podía escuchar el susurro del viento y recordar a mi maestro hablando de la respiración en la práctica.

Cada inhalación iba acompañada del aroma de miles de eucaliptos frondosos y la llovizna fría me despertaba a cada instante,  literalmente caída del cielo.

Despertar.

Un Valle sagrado lleno de maestros sabios ayudándome a despertar...

Las llamas blancas,  cafés y mezcladas pastaban en el silencio perfecto de valles adyacentes con cielos inmensos,  indiferentes al tráfico y al frío.  Gentes livianas caminando envueltas en colores vivos y con sonrisas amables y abundantes para nosotros.

Recorrimos un camino al borde del precipicio y recé por dos horas sin parar.  Sentía el vacío en cada curva en esta montaña rusa que me llevaba hacia lugares en mi corazón donde todavía temo lanzarme a lo nuevo,  al cambio,  a lo desconocido.

Y recuerdo la voz serena y tranquila de la Chamana recordándome que soy un alma muy protegida y que la Naturaleza me ama tanto como yo a ella:

"Recuerda tu alma fuerte...la fuerza no es dureza. Los espíritus de la Naturaleza te quieren,  tus ángeles protectores siempre te acompañan.  Tu camino es claro...sólo camina."

Con lágrimas en los ojos,  conmovida hasta el tuétano por ocho días de profundidad contundente,  me apresuro a tomar el siguiente vuelo,  cuarto en esta aventura de ocho aviones en fila. Recorriendo  el sur del continente en que nací y lista a recibir más,  a nuevos encuentros,  a más conexiones.

Llevo en mi salveque un tesoro:  una pequeña hoja de coca que simboliza a alguien que tengo todavía que encontrar.  Un ser que me va a enseñar mucho,  un ser que ya siento en mi corazón.  Alguien que tiene un camino muy claro,  tan sólido o más todavía que el mío propio y que tiene enseñanzas importantes para mí.

Un maestro que todavía me toca esperar.

Vuelo de esta tierra sagrada con el alma llena de esperanza,  con la mente serena por la infusión de oxígeno recibida en los templos de las montañas,  en las visiones de estrellas infinitas presentes en la oscuridad de un cielo andino que no conocía.  Los abuelos montaña abrazándome y susurrando con el viento frío que no desmaye,  que la tristeza se disipa paso a paso.

Que avance sin miedo.

Que todo se está manifestando en su tiempo y que el año nuevo trae nuevas venturas.

Plantadas en tierra sólida por años de la mano de grandes guías.

Ya es tiempo de cosechar.







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