viernes, 3 de mayo de 2019

HaraKiri

Despierto a una nueva vida.  Me recibe con copos de algodón y una tormenta con aguacero, truenos y relámpagos en este corazón del norte de la India. 

Mientras escribo,  recibo dos mensajes desde Miami:  dos queridas estudiantes que están practicando con mi Guru.  Estoy ahí también,  no en carne pero en corazón.  Mi corazón ya no es mío:  es de esta vibración poderosa y mágica llamada Yoga.

Me cuentan que mi hijo Ariel está en este preciso momento sudando al conteo de mi maestro en Serie Intermedia.  Casi puedo escuchar la serie que he pasado tantas veces,  primera vez en San Francisco,  California, hace muchos años.  

Recuerdo que Guruji dijo ONE! y se fue al baño. Estábamos en un salón grande y caminó desde el stage hasta la parte de atrás mientras temblábamos en Kapotasana,  la paloma real más larga de mi vida.  Mi sistema nervioso alcanzó decibeles megatónicos y comencé a sentir el milagro tangible y dolorosísimo de la transformación.  Millones de minutos después salió del baño,  escuchamos  sus pasos lentos y rítmicos,  pero ya yo había despegado a otra dimensión:  la dimensión del gozo,  del canal de la luz,  del plano de libertad conmigo misma,   el Amor más grande corriendo por mis venas y sudándome sin piedad.

TWOOOOOOOO.....

Escucho la voz de mi maestro Sharath entre mis pensamientos.  Lo extraño entrañablemente aquí al otro lado del mundo.  Quisiera tener el don de la ubicuidad,  uno de los siddhis que llegan después de muchos años de práctica.  Poderes especiales, si.  Siento a todos mis amigos,  colegas y estudiantes de años moviéndose todos como una gran ola de amor que barre con todo lo que no es verdadero. 

Amor puro.

Y con esa intención,  en medio de esta tormenta violenta de arena,  lluvia y copos de nieve blancos al estilo de la Navidad,  comprendo que hoy abro oficialmente mi vida nueva.  Una vida que surgió de una tragedia.  Una vida que no tenía idea que venía hacia mí.  Los ángeles confabularon para sacarme de donde yo creía que tenía que estar y traerme de vuelta adónde realmente pertenezco.  

No tengo la menor duda. 

Poner pie en esta tierra me alivió el espíritu,   me endulzó la sonrisa.  Estar lejos de ella me dolía, más en medio de los acontecimientos incómodos y crueles de los últimos meses.

Atrás quedó todo lo que fui,  excepto tres pequeñines cuyo destino es venir pronto a conocer el mundo de Mami.  Esa India que los acompañó desde que estaban en mi vientre,  dos de ellos aquí en mi pancita mientras hacía mis series con mi maestro,  entre vómitos y náuseas,  lágrimas y dudas.  

Dudas que hoy se disipan porque todo ha sido parte del camino que me trajo a este sagrado lugar.   

En toda tragedia,  en el centro silencioso del dolor,  yace un diamante.  Hay un milagro escondido que sólo puede sernos entregado si estamos dispuestos a sentir como el corazón se parte y no hacer nada al respecto.  No reaccionar ante los ataques, aunque nuestro orgullo se deshaga en la amargura del desprestigio que otros quieren inyectarnos como veneno.  

India sana,  nos recoge de la vida insípida y superficial y nos arrulla en su seno.  Nos pide silencio,  confianza y certeza.  Silencio de la mente enferma y reactiva.  Confianza en que hay un plan más grande.   


Sigue lloviendo y me llega la certeza total y serena de que he hecho algo bien: mi hijo está en manos de mi maestro. Y sé que los demás también están,  aunque físicamente estén repartidos en este momento entre Estados Unidos,  Costa Rica,  México y Alemania. Conmigo en India cubrimos medio mundo.  

Es como si mi sangre se hubiera dispersado mundialmente para tener un soldado en cada continente, pintados con los colores de la consciencia,  de la fuerza interior,  de la valentía y perseverancia.  Cualidades que no son mías ni muchos menos sino de la energía misma.    

Estos días pasados he pasado canalizando información, más allá de lo que mi propia mente podría concebir.  Preparando mi tour,  me dictan,  me susurran al oído qué tengo que estudiar y decir.  Las palabras salen como flechas,  dirigidas a muchos corazones en todo el mundo.  Algunos me escriben de vuelta,  confirman que sí,  que ahí están,  que son ellos.  

No estoy imaginando nada.  

Y mi hijo Ariel me confirma que el amor es.  Ese pequeñito gordito y travieso está hoy ahí,  en las filas del ejército de amor,  en las manos del ser en quién más confío en esta tierra.  


Entre lágrimas aquí en medio de la cafetería,  me asomo a las puertas de mi corazón y no encuentro rencor, no puedo hallar odio hacia nada y hacia nadie.  India me cura instantáneamente con sólo estar posada en ella.  Me abraza y me dice que la paciencia es la madre de todas las enseñanzas y me recuerda que sé esperar,  meditar y ayunar.  Que todo viene.  Que ya está en camino.  Así como Ariel llegó adonde mi maestro, todo llega. 

Igual llegarán los que amo a esta tierra a su tiempo.  Mientras tanto,  tengo que acelerar.  Tengo trabajo importante que hacer, mensajes que llevar.  Me dictan,  me indican por dónde,  adónde,  con quién y cómo.  

Escucho y sigo instrucciones.  

Me piden tolerancia,  sobre todo con los que me atacan.  Sufren mucho.  Sufren todavía más porque no pueden controlarme.  Cómo controlar el mar y el viento?  Cómo controlar la fuerza de la vida que ya me hizo suya?  Se desesperan.  Reculan.  Se asustan.  

Tienen miedo.   

Estar desconectados es lo más triste para un ser humano.  


PASANANAAAA sapta...

Escucho el conteo en mi mente.  

Estoy a 9 días de un salto cuántico.  En 9 días vuelo a un viaje con 9 paradas,  cada una diseñada para completar un rompecabezas mágico que se formó prácticamente solo.  Sé que la obra es magnífica,  no porque yo sea la mensajera sino por los que vienen.  Ya los siento.  Ya saben qué vamos a vivir algo importante,  más allá de lo que nuestras mentes puedas anticipar.  

KROUNCHASANA sapta.....

La receta del milagro?  

Tomé esa ira,  ese enojo infinito ante la ilusión,  ante esa fuerza maligna que se ensaña como un pitbull y no suelta...  agarré esa  furia por el cuello y la llevé hacia adentro,  como aquel guerrero que entierra en su carne la espada y se abre los intestinos en Harakiri.  Hacia adentro,  con paciencia,  con dolor y mucha sangre.  La incomodidad creció y creció y sentí que me moría pero no me moví.  Continué hacia adentro.  No seguí el impulso y el hábito de rebotar lo que la vida me trae y echárselo a los otros,   no esta vez.   Me quedé quieta,  desvanecida,  despedazada,  suspendida  en la austeridad de no proyectar,  de no culpar ni devolver el golpe.  

Me quedé absorta en el sinsabor de la maldad y su plan de atacar a otros insensiblemente  por el puro placer de hacer daño.   

Me atacó sí,  me atacó porque sabe que trabajo para el equipo de Dios.  Sabe que tenerme viva y fuerte no le sirve.  Qué va.  Voy a hablar de mi maestro,  voy a traer más gente a India,  voy a pregonar el yoga como medicina.  No le sirve.  No quiere que nadie despierte.  Quiere tenerme prisionera y me apuntó a mi talón de Aquiles:  a mi apego mayor: mis amados cachorros.  Me apuntó donde sabía que podía desmoronarme y casi lo logra.  

Pero no contaba con la fuerza y protección de mis guardianes.  Ellos me susurraban al oído que todo estaba bien,  que el plan era perfecto para mi misión.  Que respirara tranquila porque el destino era mucho mayor del que podía imaginarme.  

Pero me pidieron una condición mordaz y esa fue silencio en vez de acción.  Serenidad en vez de desesperación.  Qué difícil no querer desintegrar a aquellos que dañan a nuestros corazones,  a lo más tierno y puro que tenemos en esta vida.  Qué difícil no seguir el impulso,  no caer en la trampa.  Qué difícil fue no engancharme,  más cuando cada conversación era una provocación,  cada bloqueo una bofetada.

Silencio dulce.  Silencio del alma.  Silencio hacia afuera y hacia adentro por cinco largos meses. 

Silencio me pidieron.  

Pero mis niños?  Cómo hago sin hablarles?  Cómo les explico?

Silencio.

Más allá de mis gustos y aversiones.  Ve al corazón.  Descansa ahí.  

Cuál corazón?  No hay nada.  Está explotado.  No tengo más corazón.  Estoy muerta.  No tengo nada. 

Y la instrucción siguiente fue ¨nota¨.  Haz una nota mental de cada instante,  de cada segundo.  Y encuentra en ellos algo hermoso,  por más pequeño que sea.  Por más insignificante.

Ok.  

Respiro.
Tengo ojos.
Manos. 
Pies...

Y así,  cada día,  noté algo nuevo.  Hasta que me levanté y pude arrastrarme a mi alfombra.  Y ahí,  en este metro y medio había un paraje desolado.  Abandonado y lleno de polvo.   Posición de niña y lágrimas por muchos días.  

Savasana.  Savasana.  Savasana.

Ver el cielo.  Aprender de nuevo a sonreír.  Saborear una fruta.  Momentos de felicidad pura pequeñitos, efímeros y sanadores.

Cultivé la paciencia por cinco meses, el dolor de no salir a cortar cabezas en mi cabeza y apechugar la incomodidad.  Quedarme con esa crudeza que me abría el pecho en franca impotencia y me urgía a despedazar, morder,  vilipendiar y planear la peor venganza.  

No seguí el impulso.  El trauma viajó profundo desde la herida abierta hacia el interior de la pérdida y una luz tenue empezó a brillar.  No sé cómo,  yo no hice nada.  La sangre escarlata que manaba atrajo una palabra:  libertad.  

Eso querías verdad?  Aquí está.  

NOoooooo...pero así noooo....yo no la quería...la quería así y asá y.....esta no me gusta.  Esta me duele y se siente absurda....bla bla 

He aquí tu libertad.   No como la concebí,  no.  Libertad despavorida,  desencajada,  deshecha en lágrimas y mocos.  Descolorida y envuelta en soledad.  Libertad que arde y muerde.  Libertad que me pide silencio.  

No es eso que está fuera, no.  No es él,  no.  No es su dolor porque lo dejaste,  no.   Sos vos,  podes verlo?  Sos vos que no te habías atrevido antes a pedirlo todo,  que sentías que no merecías nada.  Que inventabas excusas para no vivir y usabas a tus niños como impedimento para no saltar al vacío.   Sos vos,  lo ves?  no es nadie allá afuera. 

Y así fue como comprendí que tenía que caminar hacia esta tierra:  desnuda,  descalza,  sin nada.  Dejar todo y tomar mi pequeña maleta.  Volar a mi destino sin volver la vista atrás.  Abrazar a quién me ama.  Agradecerle a la vida todo...sí,  todo.

USTRASANA sapta...

Cuando el dolor toca nuestra puerta,  es un momento de verdad pura.  Un instante  que puede despertarnos y hacernos más grandes y sabios por dentro o catapultarnos a más miedos y egocentrismo.  El gran drama. Puede ponernos en guerra con nosotros mismos y todas nuestras cualidades,  sepultándonos en desvalor y terror. 

La disposición a abrir nuestro corazón e intestinos al Harakiri,  a la crisis,  a la pérdida y al trauma es el puente.  Hay algo al otro lado,  hay un lugar suave y tierno esperándonos desde hace mucho tiempo.  Sólo podemos escucharlo cuando nuestra coraza se ha desmembrado y la estructura completa de nuestra identidad personal cae a pedazos a nuestro alrededor. 

Nuestro trabajo interno es des- escalar el impacto de la agresión en vez de alimentarla.  Es sentir en toda su extensión lo masivo del golpe.  No resguardarnos sino dejar que queme,  que rompa,  que destroce.  

En este período de desintoxicación,  soltando mis posiciones personales y opiniones,  supe que ese ardor cedería ante ese lugar suave y tierno.   Y para mí,  esos son los verdaderos héroes, los que finalmente logran llegar a ese lugar que está misteriosamente resguardado por los dolores más espantosos y logran vivir desde ahí.  Yo apenas lo estoy conociendo.    

Es como si tuviéramos que atravesar una selva de espinas y algo nos espera en el centro del bosque y nos llama,  nos ha llamado desde hace mucho pero nunca habíamos encontrado la valentía de cruzar. 

Siento que he empezado a romper la ola de violencia en mi mente.  He comprendido que el dolor rompe el orgullo,  nos inspira respuestas,  nos vuelve suaves y humildes,  más conectados con la gente,  más empíricos y pacientes.  Sé después de mi Harakiri,  que hay tantos que andan con sus intestinos en la mano a pesar de las sonrisas,  a pesar de los posts de #bestlifeever....los reconozco al instante porque yo ando igual.  

Ser auténtica ha sido lo más difícil que he hecho en mi vida,  no conformarme con lo que no me hace absoluta y locamente feliz.  Mi peor pesadilla es una vida mediocre,  descolorida,  de la cual recuerde solo rutinas.  Mi vida será vivida hasta la médula,   llena de los colores vivos,  elefantes y camellos,  castillos y bosques,  montañas nevadas y templos.  

Mi vida tendrá además tres niños,  tres saddhus,  tres mosqueteros que me escogieron como madre y cuyas almas ya están aquí conmigo.  

EKA PADA SIRSÄSANA:::Sapta...

Y uno más que se está poniendo en este momento la pierna detrás de la cabeza. Y cuatro más que palpitan en México y  Alemania y que recorren conmigo en mi corazón las calles mojadas de Delhi al atardecer,  llenas de copos de algodón que limpian las calles del calor sofocante y nos dan a todos un respiro. 

Siempre habrán injusticias,  siempre habrán crueldades.  Podemos escoger ser parte de ellas o podemos intentar sostenernos heroicamente en el Hot Seat y no atacar de vuelta.   Para ello,  los yogis entrenamos nuestra mente cada día y desarrollamos la paciencia a través de la repetición.  Es incómodo y equivale a limpiar la herida diariamente cuando está llena de sangre y pus y  echarle alcohol gritando de dolor.  Pero lo contrario es crear más dolor con nuestra propia reactividad. 

Sí,  la Gracia me sacó.   No podría estar más feliz.  Los que hacemos el voto de ayudar a otros tenemos el deber de hacer primero nuestro trabajo interno con seriedad.  Sólo así seremos un elemento de cambio efectivo en los demás. 

Supongamos que alguien te escupe en la cara.  Podemos escupirles de vuelta, pegarles,  insultarlos.  O podemos ver que están llenos de dolor,  cortar la cadena de la violencia y enfocarnos hacia adentro dándoles una mirada compasiva y siguiendo nuestro camino.   

Nada es fijo,  todo cambia.  No hay nada sólido a qué aferrarnos en la danza eterna y perfecta de la impermanencia.  Y en ese devenir,  la lógica del agua es la más inteligente.  El arte de sostenernos en la paradoja con apertura y curiosidad.  Asombrarnos ante las decisiones del otro y liberarnos de la necesidad de tomar posiciones.  Disfrutar la ambigüedad.  El agua calma el sufrimiento. Aquellos que nos provocan son quiénes más sufren.  

Podemos aprender a tener tolerancia en medio del fuego del ataque.  Sentada con lo intolerable de mi historia,  he aprendido a encontrar ese lugar suavecito y tierno que todos llevamos adentro.  He desarrollado una extrema tolerancia hacia la parte de mi mente que cada día desarrolla una forma más creativa y punzante de destrozar al enemigo.  

Dejo que pase.  Mi práctica ayuda.

PINCHA MAYURASANAAAA sapta...

Dicen que las crisis nos pueden ayudar a iluminar nuestros lugares oscuros.  Nuestra reacción ante los acontecimientos puede hacernos caer más profundo en el barro o elevarnos a los pétalos del loto.  He trabajado con mi mente estos meses como nunca lo había hecho antes y he podido observar el patrón habitual de culpar a otros por mis desventuras.   He podido constatar que todo dolor es auto-inflingido y viene de nuestras propias expectativas hacia los demás.  He tenido la enorme oportunidad de saldar fuertes cuentas kármicas y alivianar mi carga...porque decidí comerme este dolor y dejarme arder.  

Aquel que ha causado mi sufrimiento tendrá sus propias deudas kármicas que saldar y no tiene nada que ver conmigo.  

Termino mi sopa de tomate con albahaca.  Afuera,  la tormenta ya pasó.

KARANDAVASANAAA sapta...

E imagino a mi muchacho subiendo de ese lugar que arde,  de esa postura que nos vuelve al revés,  este pato Himalayo que reta hasta al más devoto.  Lo veo sudar,  exhalar con fuerza, totalmente enfocado y presente.  Lo veo sonreír para sí mismo en un instante de triunfo íntimo personal.  

Sólo suyo y para siempre suyo.   

Máxima felicidad condensada en un segundo de vida. Lo conozco bien.  Ese instante lo vale todo.

Todo.









martes, 30 de abril de 2019

Mariposas

India siempre me recibe con los brazos abiertos.  Esta vez muy distinta a las otras veces:  esta vine a refugiarme en su seno atravesada por una daga en mi corazón.  Pasé muchos días casi inconsciente,  sin comer ni dormir,  tratando de entender lo que había sucedido.

El karma de quién me catapultó a una nueva fase de mi vida lo agradeceré hasta mi muerte.  No era lo que esperaba,  no era lo que yo hubiera hecho.  Pero sin saberlo,  este ser me hizo el favor más grande que he recibido:  me obligó a levantarme del polvo después de la caída más estrepitosa posible.  

Por primera vez en mi vida creí que me moría....y sí,  algo en mí murió.



La que renació vive su vida sin el peso de antiguos dolores y culpas auto infligidas.   La metamorfosis fue completa.  No hubo esquina que no se llevara el diluvio ni apego que no atravesara sus garras.  Entró,  rompió,  mordió,  comió...me comió entera por dentro,  tanto que sentía físicamente como mi cuerpo se deshacía... literalmente.   

Cada sueño en este estado de síntesis ha traído un mensaje claro de hacia adónde debo moverme.  Cada sincronicidad,  causalidad,  encuentro y serendipia la confirmación de que sí,  tenía que terminar una vida y empezar una nueva.

Que nos empujen al vacío de lo desconocido es una muerte infinita a nuestra identidad pasada y el regalo más grande que otro ser puede hacernos.  Sólo así podemos crecer.  En el momento lo odiaremos porque nos sacó de nuestra zona de confort y nos obligó a pensar y sentir  más profundo para comprender.   

Quién me hizo este gran favor no tiene idea de cuánto se lo agradezco.  Mientras aspiro el aire caliente del verano indio y preparo mi equipaje para tres meses de encuentros con gente maravillosa en Europa,  me pregunto si esto hubiera sucedido de haber regresado a mi antigua vida.

No creo.



Así que la gratitud que siento en este momento en mi corazón es total y sincera.  Sé que estoy en mi dharma porque me siento feliz,  emocionada,  contando los días para viajar como cuando viajaba por primera vez y tenía mariposas en el estómago.  

Volver a Madrid,  una ciudad donde viví pequeña y hasta fui a la escuela es un sueño.  Ver amigos,  practicar,  comerme esa tortilla española y la crema catalana...se me hace agua la boca.  Al igual que visitar el mar y ver amigos queridos que por una coincidencia que no es tal,  me han abierto las puertas de sus shala,  casas y corazones. 

Y ni se diga todo lo demás que viene y que todavía ni tengo idea.

Estoy agradecida.  Estoy sorprendida.  En algún momento del paso por el túnel,  dudé sinceramente volver a sonreír.  A veces nos fijamos tanto en que nuestra felicidad está en un solo lugar que nos perdemos todos los otros milagros que están sucediendo para nuestra evolución.  He pedido verdad y también he pedido protección.  El ajedrez se movió con un jaque que no esperaba pero mi mate es ser ahora parte de un lienzo de tres meses que inicia dentro de pocos días en dos países que amo y donde me muero de ganas de pintar.

Escribo desde ese soltar que me ha vuelto la vida al revés.  Escribo enamorada de mi práctica y de mi buen karma.  Escribo sedienta de encuentros significativos,  practicantes sinceros y una ola de devoción enorme.  Ya la siento y se me eriza la espalda. 

Ya sé que aquí es mi momento y este mi lugar físico. No el que yo creía.  No el que yo planeaba.  Uno mucho mejor...

El misterio de lo que nos acontece se entiende siempre después.




Hoy escribo con esperanza y alegría.  Sí,  hay seres que amo que no tengo cerca, pero ya no lloro por su ausencia.  Van conmigo siempre y son mi pata de conejo  Anticipo un encuentro dulce en el tiempo de Dios y cuando haya cumplido con esta misión que tengo entre manos.  

Me pidieron ser canal y serlo es mi mayor bendición.  Es mi camino,  es mi pasión y sé que lo que la Vida tenga  para mí llegará por sí solo,  en el momento adecuado y sin anticiparlo.

domingo, 28 de abril de 2019

Mi canción es verdad

He aprendido a través de mi práctica de yoga a hacerme amiga de lo incómodo.  Cada día enfrento a un ser nuevo,  compuesto de esta mente y este cuerpo y no tengo idea qué viene.  Trabajo con lo que hay y hoy el día se mostró surrealista,  casi psicodélico desde que desperté. 

Soñé con un amigo querido,  alguien que fue de las primeras personas en mi vida que me recordó el yoga cuando ya estaba grande.  Recuerdo su hermoso gesto de regalarme un revista y mi sincero desdén.  Para nada estaba interesada.  A mis 30 años,  pensaba que el yoga era para gente muy pasiva o muy mayor.  Aburrida.   Me apasionaba subir montañas, correr,  nadar,  hacer spinning,  saltar en aeróbicos y hacer pesas.  

Mi rato en el gimnasio me hacía sentir viva.  Imaginaba una clase de yoga como algo aburrido y lento.  Y no podía parar porque de lo contrario me encontraría con todo eso de lo que andaba huyendo. Fue con el yoga que comprendí que mi montaña rusa sólo se detendría si empezaba a curarme.

Fue en medio de años de dolor,  descontrol y caos familiar,  más niños pequeños que cuidar,  que encontré una clase de yoga semanal que se volvió mi mundo.  Esperaba el viernes con ansias;  me sentía nueva y renovada.  Bostezaba y bostezaba durante la clase y en ese momento no sabía que era mi cuerpo soltando estrés de años,  estrés anquilosado en mis tejidos,  profundamente adherido a mis músculos y huesos.  Mi sistema nervioso estaba colapsado y la práctica y la respiración fueron mi agua en el desierto.

El proceso de sanación,  los grupos de terapia  más el yoga me dieron las fuerzas para salirme de un túnel oscuro y denso del que muchos no salen.  Vivir con un alcohólico es una pesadilla.  Cada día una bomba de tiempo.  El impacto de la incertidumbre diaria más la gran responsabilidad de criar a mis niños me destrozaron los nervios.  

Por eso siempre digo que el yoga me salvó la vida.  

Ese espacio interno que no conocía fue creciendo y al igual que un pequeño jardín,  sembraba cada semana una pequeña semilla de esperanza en mi mundo triste.  Muchas semillas sembré, tantas que un día decidí que me sentía lo suficientemente fuerte para mirar en otra dirección.  

Tantas que algunas de ellas me llevaron a gentes y países que jamás hubiera anticipado.  

Las crisis en la vida son como espirales y cuando nos hemos hecho la promesa de despertar,  son remolinos que nos limpian de todo lo que ya no es necesario en nosotros. Nos sacan de experiencias y nos dan otras.  Digamos que pasé una limpia muy fuerte y todo mi mundo,  tal y como lo construí después de mi separación con mi primer esposo,  ese mundo curado de años,  colapsó. 

Colapsó llana y completamente,  tal y como muere una estrella en el vientre del agujero negro. Vi negro,  comí sangre y lágrimas.  No había día ni noche,  no había tiempo ni horas.   El silencio del vacío me acunaba en un espacio físico de muerte.  No tenía dirección ni fuerzas para moverme hacia ningún lado.  

La bendita muerte flirteaba ofreciendo una opción indolora comparada con lo sucedido. 

Así que Me Dejé Caer. 

Volteo mi mirada hacia los últimos meses y comprendo que el agujero negro se llevó voces e imágenes de personas que ya no necesitaba en mi vida.  Los pocos que quedaron están en un lugar en mí que es a prueba de balas.  El resto desapareció,  como si una bomba atómica hubiese arrasado con sus almas: todas las  relaciones abusivas,  relaciones superficiales,  seres espejo que seguía llevando a cuestas inconscientemente se desvanecieron.   La sabiduría de mis guías me sostuvo a pesar de estar prácticamente inconsciente y sé que nunca me soltaron-  porque si así fuera,  no estaría escribiendo esto.

Algo más grande,  sabio y fuerte que yo me tomó de la mano y me invitó a dar un paso en el abismo.  Me dijo que era necesario,  que después comprendería todo.  La verdad es que estaba tan desolada que me daba lo mismo....así que lo hice.  

Seguí la voz que me decía que la pesadilla había terminado. 

Suficiente.  No más.  Out.

Si pudiera describir todo esto con una imagen,  sería algo como así:  vienen ataques de las cuatro direcciones,  misiles,  bombas,  disparos,  ametralladoras.  Y algo o alguien me levanta,  me vuela,  me saca del caos y ahí abajo todos se matan entre ellos.  Se disparan en sus propios pies,  se muerden la boca y sangran al darse cuenta que no hay presa,  no hay víctima,  no hay nadie.

Me imagino que cuando llegue el momento de mi muerte,  pensaré en esto como el milagro más grande de toda mi vida.  Me sacaron.  Me elevaron a un lugar que jamás podría haberme imaginado yo sola.  Estoy bien.  Estoy viva.  Recuerdo todos los acontecimientos como si fueran una película muda,  como si el horror se hubiera quedado ciego y sordo y mis pasos suaves en una tierra nueva y bondadosa fueran el primer sonido de esta nueva vida.  

Del sonido de esos pasos suaves y tímidos me llega una vibración que me acuna y me dice:  todo está bien.  Descansa.  Respira.  Sí,  estoy entera.  El cuerpo se mueve.  Pero me reviso por dentro y hay un borrón y cuenta nueva.  La pizarra está limpia.  Las presencias oscuras fueron tragadas y llevadas a un universo paralelo donde no pueden tocarme.  Los veo como a través de un vidrio grueso,  desesperados.  Atolondrados.  Como pollos que les cortan el cuello y por algunos minutos sigue moviéndose.  

Y AHORA QUÉ SIGUE. 
ADONDE SE FUE?  

QUE HACEMOS? 

En el mudo resonar de las voces en mute,  palpita mi corazón al amor-  como una plantita pequeña que se abre paso aún en medio de la debacle.  

Y AHORA QUE HACEMOS...

Sí,  no hay nadie más a quién abusar.  La explosión sucede en su propia cara.  Los pedazos de ojos,  bocas, orejas y pelo por todo lado.  

"Uffff animal....te disparaste en tu propio pie.."- 

La antigua voz está muy enojada,  pero no la escucho.  Estoy demasiado lejos.  Ya no me puede tocar.  No fue la decisión fácil. A menudo,  la decisión correcta es la que más duele,  la que nos lacera por dentro.  Pero he aprendido con los años a sostenerme en la incomodidad.  

De pronto,  el lazo se cierra y esa habilidad cultivada me salva.  Estoy bien aunque el corazón sangra.  Estoy viva y puedo empezar a caminar una vida nueva sin fantasmas.  

¨Los sin cara¨,  ¨los sin corazón¨...

.
.
.

Es domingo.  Un domingo vulnerable y caluroso.  Vemos amigos,  reímos y recordamos.  Había una vez una vida...sí,  había una vez.  Ya esa vida terminó.  Tengo una nueva.  Es linda y simple y sobre todo,  es mía.  Ya no tengo que negociar con voces infames que aspiran a tenerme de banco.  Duermo tranquila.  Los días de insomnio se disolvieron como se disuelve la nube en la lluvia.   

Agua fresca.

Todo se salió de control, sí...pero

Gracias. Gracias.  Gracias.


Y AHORA QUE P::: HACEMOS:::


Nadie a quien culpar.  Cada uno gravitó hacia su destino,  cada uno recibió lo que merecía y necesitaba.  Orden perfecto,  místico diría.  La traición muere en las aguas calmas de la consciencia.  El dolor se monta en un globo rojo y se pierde en el cielo azul de un país lejano donde los camellos duermen.  La vergüenza se la llevó un elefante alegre y antes de irse me dejó un paquete que dice

¨CONFIANZA Y PERDÓN:  para ser abiertos en el futuro- cuanto antes mejor.¨  


Cierro mi domingo comprendiendo que para que el perdón suceda algo más tiene que morirse. Tengo todavía mucho por llorar.  Y antes de eso,  espero reencontrarme con los que amo y abrazarnos muy fuerte. 

Me dieron una bomba envuelta en papel de regalo barato.  Me explotó en la cara y desdibujó mis facciones.  Quedé desbaratada,  como he visto a tantas víctimas del ácido en India.  Alguien me tiró una botella de ácido en la cara pero de mi rostro brotaron flores.

Nazco a un Rostro Nuevo,  a una piel más suave y vulnerable y en ella encuentro la fuerza para seguir hacia adelante,  paso a paso en esta tierra nueva. 

Porque soy la autora de mi vida y mi canción es la verdad.







domingo, 21 de abril de 2019

Resucitada


Hoy es un día de fiesta.  Muchos celebramos en nuestra tradición cristiana la Resurrección.  

La palabra resurrección tiene ya una energía,  suena así como a avalancha,  detonación,  explosión.  Resucitar es volver de la muerte, sobreponernos a la oscuridad.  Atravesar el miedo y todas sus variaciones y como Lázaro,  volver a la vida por la misericordia y amor del Salvador.

Jesús siempre ha sido una inspiración.  Recuerdo cuando pequeña pasaba toda la Semana Santa viendo películas sobre su vida.  Recuerdo una en especial,  la versión de la pasión de Franco Zeffirelli.  Lloré tanto y sentí que mi corazón se abría por primera vez ante el misterio,  tanto que ese día dejó una huella de amor para el resto de mi vida.

La fuerza y el poder del amor vs la injusticia,  la violencia y el miedo.

Sí,  eso le tenían.  Le tenían miedo.  Le tenían miedo porque El era quién era,  porque estaba protegido por una energía poderosa.  Les atemorizaba que les sacaba sus mentiras al aire y exponía sus miserias.  Le temían porque amenazaba su status y les cuestionaba sus juegos de poder.  

Y por eso lo crucificaron:  porque tenerlo vivo era el final de su reinado.  

Cuántos de nosotros quisiéramos tener la valentía de este hombre- Dios para decir las verdades.  Quisiera tener aunque fuera una pizca de su valor.  Sus muchos milagros transcienden el tiempo y cualquier religión y nos conectan con la fuerza del Amor para todos por igual.  No discriminaba ni tampoco condenaba. A nadie juzgó,  ni siquiera a la adúltera.  

El que no haya pecado,  que tire la primera piedra  

Enseñaba con su paz,  con su vulnerabilidad y amor pero cuando requería,  enseñaba con su furia ante la ignorancia.

Este Maestro de amor,  Maestro de maestros.

El amor escoge sus avatares y nos envía refuerzos constantemente en ese mundo de ilusión habitado por la mentira y la manipulación.  En los poquísimos años de vida de un ser humano,  podemos jugar con su equipo y perdernos en los terrenos del ego,  decayendo cada día más en los venenos del alma.  Será el destino de muchos que todavía hoy,  incluso en edades avanzadas,  traman,  mienten,  deshonran y corrompen.  La muerte está a la vuelta de la esquina y todavía siguen dormidos.  El amor no los ha tocado y se creen invencibles.  

Quisiera verlos en los últimos momentos de su vida,  desesperados,  desencajados.  deshechos haciendo un examen de consciencia urgente para darse cuenta que sus vidas fueron una pérdida de tiempo.  Nada se llevan,  sólo el odio que sembraron. 

O podemos aspirar a ser más sabios,  intentar entender que cada día que amanece puede ser el último de nuestra vida.  

Cómo sería ese último día?  Estaríamos preocupados por nuestro dinero o estaríamos pendientes de los que amamos?  Estaríamos juzgando al otro o más bien agradeciendo todo lo que esta vida efímera y dulce nos dio?  Volveríamos los ojos finalmente hacia adentro a ver de dónde nos agarramos?

Resucitar cada día es darnos cuenta que la vida no se devuelve,  va hacia adelante sin parar y a veces nos despiden sin aviso.  Nos saca del juego de una patada,  o en un accidente,  o en un derrame cerebral o un ataque cardíaco.  

Este día puede ser el último y vale la pena vivirlo con intensidad en el amor.

La huella que cada uno de nosotros deje será parte de su karma de vida.  Ese karma se pasa a nuestros hijos y nietos así que los que somos padres y madres tenemos que asumir esto.  Si hemos amado y respetado, nuestros hijos tendrán mucho a su favor.  Si hemos mentido y escondido,  nuestra progenie inevitablemente será afectada.  Cada acción que tomo en mi vida en este momento incluye a todos los que amo- porque estamos irremediablemente conectados desde hace vidas y lo estaremos a futuro.

Inexorablemente.

Las acciones de cada día alimentan el filamento de energía que encarnó en esta tierra como nosotros.  El resto nos espera cuando dejemos estos cuerpos.  El corto lapso entre llegada y salida es un pestañeo a los ojos del Universo.  Todo lo que consideramos importante será inexistente,  incluyendo posesiones,  relaciones y todas las emociones.  Seremos libres de todo el peso de la materialidad pero encontraremos sólo lo que hayamos cultivado en esta vida espiritualmente. 

Si hemos cultivado sólo materia,  el miedo será inmenso. Si hemos comprendido que nuestro espíritu es lo único real y el Amor la única opción inteligente en esta impermanencia,  tal vez podamos crear una vida que tenga como propósito amar a otros como nos amamos nosotros mismos.  

Las palabras del Maestro.  

Este domingo de resurrección agradezco a mis guardianes haberme sacado de un hueco profundo y desierto donde no podía respirar y quería morirme.  Una legión de ángeles me rescató de las ruedas de un tren de la muerte,  malvado y sanguinario.  Envió emisarios dulces y cálidos a abrazar mis huesos salidos por la falta de alimento por muchos días.   Dejé de comer y sólo quería dormir.  Quería morirme lejos de mis niños.  

El sol salía pero yo no.  

Y hoy,  cinco meses después que el tren de la muerte me atropellara,  cinco meses de capullo y de regeneración,  puedo dar testimonio que nos cuidan,  que nos aman inmensamente.  Yo no salí sola- alguien me sacó.  Cada noche,  cada sueño ha sido un señal que me enviaron para sobreponerme y prepararme amorosamente para el próximo encuentro con mis niños.  Sé que así será porque la maldad no resiste la luz.  Se cansa,  se hastía.  Para un ser humano sostener un acto hostil significa negar quién es en verdad.  Todo el amor que somos es más fuerte que cualquier intento de ser malvados.  No hay mal que resista ese poder que todos albergamos y somos.

Así que es cuestión de días para que reciba la noticia de un próximo encuentro con mis amores.  Cuento los días,  sueño con ellos.  Los abrazo y los beso cada noche y sé que me sienten.  El Amor es la fuerza más grande del Universo y nada se le puede oponer. Quiénes se oponen estarán cada vez más cansados,  desalmados,  deteriorados.  

No es humano quitarle los hijos a una madre. Va contra natura.


El amor resucita a todos por igual, incluso a los que hemos estado al borde de la muerte. Pero sobre todo,  resucita a quiénes creen que odian,  a quienes tienen miedo y se sienten solos y desesperados y por eso atacan a otros.  Por esos es que pido hoy,  para que pronto recuperen la cordura y tomen acciones congruentes.  

Porque no hay obstáculo entre el Amor y quién somos.  Cualquier sombra es un ilusión.  El Amor es lo único real y ese fue el mensaje de Quién resucitó hoy.   

Vamos a resucitar con El a todo lo bueno,  a todo lo hermoso,  a todo lo generoso y bendito.  Porque igual que a El,  nos cuidan y nos protegen y nos bendicen en cada paso de nuestra vida.




jueves, 18 de abril de 2019

Surfea las olas

Mientras preparo mi próximo tour a Europa,  paso mis días absorta entre práctica y trabajo,  totalmente sumergida en lo que amo.  Lo hermoso de trabajar en nuestra pasión es que las horas pasan y no nos damos cuenta.  Cada día está lleno de aprendizajes,  reflexiones y tiempo para sentir y escribir-  la vida se me muestra distinta a como la imaginé y he escogido intentar no llorar por lo que no está sino agradecer todo lo que tengo.

Y tengo tanto.

Mi cuerpo me regala cada día la oportunidad de integrarme en mi alfombra,  la consciencia corporal que me da consciencia mental y emocional.  Sí, muchas veces tengo que parar a llorar y sentir.  Mi práctica no es violenta sino que se ha convertido en mi oasis.   Cada día una gotita de esperanza. Cada respiración una confirmación de que la Gracia me quiere viva,  no donde yo planeaba estar sino dónde tengo que estar.  

Hace rato le pedí a Dios que me ubicara adonde pueda servirle mejor.

Así que ser sirvientes del Shakti implica una toma del consciencia del panorama más grande que,  poco a poco se filtra en la práctica del asana.  

Hace años, pensaba mucho mientras practicaba.  Cómo colocar huesos y músculos, cómo ser más eficiente en las transiciones,  Cómo manejar el cuerpo en las posturas avanzadas y sentía una especie de triunfo cuando alcanzaba alguna postura difícil.  Había un elemento de ambición que ya se ha ido.  Lo ha sustituido una profunda gratitud simplemente por estar viva y a pesar de todo el dolor y el sufrimiento presentes a nivel emocional y las heridas todavía abiertas, tengo una sensación de paz que nunca antes había experimentado.

En cada práctica me ofrezco y pregunto cómo puedo estar más presente, cómo puedo escuchar mejor los designios de Dios para mi vida.  Cómo puedo confiar cada día más y rendirme a mi destino.  La tierra se mueve en su eje a más de 60 000 kilómetros por hora,  voy montada en un planeta suspendido en medio de las galaxias y todavía creo que puedo controlar algo o creer que sé la solución perfecta, 

Me he dado cuenta en estos meses que cualquier intento de saber qué está bien y qué está mal es inútil.  Me he vuelto permeable, suave y vulnerable,  serena por dentro e intentando escuchar el próximo paso sin entrometerme.  La herida de muerte ya sucedió y ahora toca continuar.   Podría continuar pegada en el dolor del odio y la resistencia hacia quiénes me han dañado aparentemente pero eso sólo haría que mi presente se apague.   

Cada día siento que sé menos y escucho más. 

Como facilitadora de un proceso interno sumamente frágil y emotivo como es el yoga,  sé que soy un espejo nada más para reflejar toda la bondad y inteligencia de mis estudiantes.  Sé que tengo que limpiar el espejo de mi consciencia hasta que no quede nada que interfiera con ese reflejo.  Sé que a través de este descenso forzado a las profundidades del dolor humano he podido entender que todo es yoga,  todo lo que hago,  pienso y siento.  He aprendido a vivir en el momento presente y a no tener más expectativas que las que la Vida me traiga a mi regazo.

Llegan suaves,  amorosas y en el tiempo perfecto como las olas de un mar azul que veo por primera vez. 

En este divagar continuo entre memorias,  tiempos y recuerdos que vienen y van,  gente que amo y extraño cada día,  rescato mi práctica como el instrumento mágico de integración,  como el aliciente para explorar diariamente la inmensa sabiduría del dolor y por lo tanto,  estar más abierta al gozo y la alegría.  Hay que explorar la sombra para conocer la luz y agradezco inmensamente el poder de la herida para abrir más mi corazón. 

He aprendido a vivir este yoga.  Mi vida aquí ahora.  No cómo la planee, no.  

Como Dios quiere.   

Sé que hay un plan divino para mi alma y hace muchos años que rezo por ella.  Nunca creí que para comprender mi destino tendría que soltar lo que más amo.  Pero mi práctica y mi maestro me han enseñando a través de los años a tomar acciones congruentes.  Esto es Ahimsa,  el primer yama,  la no violencia. La no violencia de amarnos tal y como somos en cada instante de nuestra vida,  tomar las decisiones que respeten nuestra integridad y a pesar de todo,  agradecer todo aquello que nos reta y cuidarnos en el proceso mientras aparece una solución al acertijo. 

Alguien está sosteniendo un círculo sagrado para mí.  No tengo palabras para agradecer a aquellos que me dieron esta medicina.  Estaría muerta o loca sino fuera por mi práctica.  Es gracias al contenedor seguro de mi sadhana que me siento amada siempre.  Afuera todo cambia pero por dentro,  he encontrado la estabilidad que llega por sí sola después de la tormenta más salvaje.  

Practico para que no importa la situación en que esté inmersa, mi reacción automática sea un intento de empatía.  No es nada fácil porque la empatía es comprender al otro aunque no haya acuerdo.  Estoy trabajando en ella arduamente porque me cuesta mucho conciliar posiciones.  Pero el yoga es ante todo, aprender a reconciliarnos con la vida misma y todos sus colores;  perdonarnos y perdonar y saber que todos hacemos lo mejor posible con nuestro nivel de consciencia. 

Este yoga,  mi arte, tu arte,  nuestro arte,  nuestra medicina y tabla de salvación.  Este yoga,  este aceptar amorosamente los designios de una vida que no planeamos y surfear las olas con una sonrisa a pesar de todo.






domingo, 14 de abril de 2019

En cinco Años te Cambia la Vida


Qué sería de mi vida si hubiera permanecido quieta en lugares donde no era feliz?  

Hoy mi papá me envío un hermoso mensaje,  muy amoroso.  Me decía que está muy agradecido por tener una hija que desde pequeña fue inquieta y muy preguntona. 

Entre la bicicleta,  la subidas a los árboles,  los juegos con tierra y las preguntas constantes a mis mayores,  no paraba.  La vida me parecía demasiado interesante y había que explorarla sin cesar.  

Había que salir al atardecer a andar en bici con la pandilla de muchachos donde yo era la única chica.  Había que caerse y romperse las rodillas mil veces y pasearse triunfal a pesar de la sangre y los granos. Había que subir hasta la copa del árbol más alto a sentir la brisa de la tarde y finalmente,  con mucha resistencia,  obedecer las órdenes de mi madre para que bajara y me fuera a estudiar piano.  Había que columpiarse por horas en las hamacas, soñando en pasar la noche ahí mientras todos dormían,  meciéndome al compás de un ritmo que me calmaba y hacía extraordinariamente feliz mientras la luz dorada del sol me acariciaba cada tarde. 

Sí,  no me quedaba quieta.

Había que subir el Chirripó,  la montaña más alta de mi país, muchas veces.  Había que hacerlo porque es majestuosa, una Diosa.  Había que llevar turistas hasta la cumbre con los salveques llenos de ollas y comida.  Había que bañarse en los lagos de la cumbre porque el agua llamaba.  Había que ver el atardecer en Crestones aspirando el aire más puro del mundo. Había que sonreírle a la Cuesta del Agua y al Termómetro. Había que subirla con mis hijos también porque una Diosa así hay que caminarla y amarla. 

Sabía que no podía quedarme en pantanos estancados,  en aguas podridas y praderas secas bajo el riesgo de perecer.    No podía conformarme con amores a medias,  parejas apagadas y relaciones insulsas.  

Qué va! Esta vida demasiado interesante para perdérmela.  

Así que había que hacer la primera maestría,  definitivamente que sí- a pesar de la oposición del marido porque mi niña acababa de nacer.  Había que presentar el examen de piano de segundo año universitario en un concierto público para el cual me había preparado todo su embarazo...y pasarlo a los quince días de nacida mi bebé en un esfuerzo titánico más intenso que el mismo parto.   Había que irse a ese viaje a Italia por un año con la beca del Gobierno italiano como corolario de un año intenso de estudios.     Había también que ir a Israel embarazada de ocho meses de mi tercer hijo porque había todavía un filito de esperanza de recuperar mi relación.  

Pésima idea.  No funcionó.  

Había que seguir estudiando y sacar esa maestría embarazada del cuarto,  llevando mi panza en las noches de un año entero a clases y haciendo una tesis de maestría con numerosos trabajos de campo y un bebé a cuestas.   Había que graduarse,  continuar, buscar,  atreverme.  

Había que hacer una audición para un programa de dos años en teatro con un embarazo de 9 meses.  Había que entregarse por completo en cada propuesta, cada puesta un renacimiento mortal. Había que crear,  pensar,  desnudarse el alma para acomodarla al teatro.  Había que aprender,  escuchar,  usar la voz, cantar,  danzar y memorizar líneas.  Dos años dándome a un mundo nuevo cada tarde,  solo mío, y viviendo de día una vida que se resquebrajaba sin amor. 

Había que hacerlo porque la vida para mí siempre ha sido movimiento,  movimiento hacia adelante y ahora,  con el yoga,  hacia adentro.  Hacia la profundidad de mi ser que me pide no detenerme,  aunque la tristeza me jale,  aunque el dolor del corazón sea ardiente,  aunque la furia por la injusticia me queme.  

Adelante.  Con fe y confianza.

Sí,  había que aceptar el puesto de Embajadora en India. Sí,  había que cambiar de país y soltar amarras.  Sí,  había que emigrar para encontrar el misterio de esa tierra prometida.  Peregrinar al fondo de mi alma para encontrar un diamante muy raro y muy puro. 

Había.  Hay.  Hoy. 

Había que regresar a Costa Rica porque mis amados niños me esperaban.  Había que ser consecuente y no escuchar los llamados de mi corazón para no volver.  Y sí, regresé. Aunque mis voces internas me decían no te vayas.  Sos de aquí,  ya no sos de allá.  Había que pasar el fuego del infierno manifestado en una traición baja y vil.   Había que llorar lágrimas de sangre. Había que decir NO:  esto no es justo.  

Es legal tal vez,  pero no es justo.  

Porque Había que Dejar a un hombre Porque ya no Amaba.  Sí,  hoy hace 5 años.  Había que ser consecuente y decir No Más.   Había que sacar la espada y cortarle la cabeza a una relación que fue el cielo y luego declinó a velocidad luz. Había que ser valiente y decir Aquí No Soy Feliz.  Había que arriesgarse a la segunda ronda de criar hijos sin el padre. 

Había porque sino la opción era vivir muerta en vida.  

Había que apostarle todo a la pasión y la incertidumbre  Había que vaciar el corazón de escombros y limpiar la consciencia de basura.  Había que continuar viajando a India muchas más veces,  ya van más de 18.  Había que entregarse y volcarse por completo a una práctica de yoga salvaje. Había. Había que enfocarse y no pensar en los sacrificios para viajar tan lejos.  Había que darlo todo porque la vida es más hermosa si uno se vacía. Había que vaciarse por completo para aspirar a ser libre. 

Había que asesinar los miedos y cortarse las manos y los pies. 

Había que dejar un país verde esmeralda que se revolcaba en lánguidos dimes y diretes.  Había que archivar amistades que sólo querían información interna para venderla a los cuatro vientos. Había que cerrar esa vida.   Había que amar a chorros a ocho seres,  imperfectos todos los nueve y perfectos en este amor que nos tenemos para siempre hasta que la muerte nos separe.  Había que mostrarles que no hay que dejarse amedrentar por la oscuridad.  Había que ser consecuente y no conformarse con las migajas de una cuarta parte de mi vida,  arrebatada a la fuerza.  

Había que ser íntegra,  a pesar de la inmensa soledad.  Había que equivocarse una y mil veces con aquellos que no eran.  Porque había que toparse con el más hermoso amor cuando menos lo esperaba. Había que vivirlo con esperanza. Había que darle rienda suelta y sí,  ver con paciencia todo el miedo acumulado.  Y a pesar del miedo,  había que dar el salto de fe y lanzarme al vacío de una nueva vida.

Esa que ha estado naciendo por los últimos meses en donde cayó la bomba nuclear y no quedó absolutamente y que hoy me susurra suavemente al oído 

¨Qué dicha que hace cinco años..."


Si, dudaste por un instante y la duda hizo que no fuera hace 7.  Sí,  perdiste dos años más  y todo para que la situación empeorara.   Sí,  dos años más de tu vida intentando tapar el hueco a pesar de todo,  el hueco que se salía por todo lado anhelando verdad.  Dos años para sentir que había dado todo hasta el fondo.  Había que poner los puntos sobre las íes y decir con fuerza ya NO TE AMO.  Había que desgarrar brutalmente el sueño carcomido por el tiempo y los egos.

Más en el hueco incandescente de su corazón nació una espina y con la espina que creció como ponzoña,  me sacó el mío hace cinco meses.


Y he vivido sin ese corazón desde entonces,  pero en su lugar nació otro pequeñito de los restos del otro.   Y de ese cementerio me levanto hoy y siento palpitar por primera vez mi corazón nuevo.    

En cinco Años te Cambia la Vida-  sólo si,  escucha bien,  sólo si te jugaste tu alma en el camino y estás listo para moverte con fuerza en la dirección que es tuya y sólo tuya. 

Encontrarás tu paz como la encontré yo.  

Y no sólo tu paz, sino el amor más puro y sereno.  Dentro del capullo fresco de un corazón verde que renace a la vida después del fuego del infierno, encontrarás sabores amargos y dulces, colores y luces neon infinitas.  Encontrarás manos amorosas y abrazos tiernos, compartidos en medio de cielos morados.  Encontrarás todo eso en ojos brillantes de amor y palabras genuinas.   

Porque había que permitir que el silencio te buscara para amarte y decirte que todo lo que se fue era el camino para la culminación de esta historia. 







jueves, 11 de abril de 2019

Mi Héroe

Un héroe es alguien que nos inspira a ser mejores.  Alguien que refleja una parte en nosotros que aspira.  Un ser que nos motiva a crecer y dejar los lugares comunes.

He conocido muchos seres que me han ayudado a moverme espiritualmente.  Uno de ellos es un maestro que conocí hace muchos años en Estados Unidos.  No es un maestro de yoga sino uno de vida y de hecho es de ambos porque yoga es vida,  la mejor definición de vida que conozco.

Hoy, en el cumpleaños de mi hijo más pequeño Matías,  quiero recordar sus enseñanzas con gratitud porque me sostienen siempre, especialmente en los días difíciles como este lejos de quiénes amo.



Juan hablaba siempre de la rigurosidad y plasticidad de la consciencia.  Una consciencia rígida es un obstáculo,  llena de conceptos e ideas de cómo tiene que ser nuestra vida.  Lo único que nos separa de la felicidad son nuestras expectativas de cómo tendría que ser.  Una consciencia flexible nos permite fluir con las pérdidas,  agradecer los encuentros y soltar,  soltar,  soltar.

Medito sobre cómo aplicar sus enseñanzas a este día,  un día en que desearía con todo mi corazón estar cerca de mi amado hijo.  Intento flexibilizarme. Respiro. No es fácil.  Escucho mi corazón y está totalmente roto por su ausencia.  

Respiro de nuevo.

Acepto.  Mi mente divaga y trata de encontrar explicaciones racionales.  No las encuentro.  Abrazo el sentimiento,  maleable en mi consciencia y a la vez,  afilado como un cuchillo que me hace sangrar por dentro. 

Juan también hablaba de la humildad de ser auténticos y reales.  Aceptarnos en cada momento con compasión.   Seriedad frente a la oscuridad.  Me enseñó a nunca subestimarla.  Es una fuerza insidiosa y manipula a la gente débil y las vuelve malvada. La seriedad viene de nuestra conexión al amor y del espacio creado a través de la oración,  la profundidad y el compromiso.  Me enseñó a rezar en el sentido de crear continuamente dentro de mí un espacio de integridad para estar lo suficientemente sobria y no ser presa de pensamientos negativos y desazón. 

El dolor de la oscuridad cuando nos golpea y la integridad de sostenernos enfocados es infinitamente difícil.  Lo intento cada segundo del día.  A veces lo logro.  Hoy es muy difícil, tengo que confesarlo.  Cada diez minutos caigo en un hoyo profundo de desazón y miedo.  

Respiro.  

Sigo recordando a Juan.

¨Mantén tu consciencia íntegra,  sin fisuras.¨

Ay qué difícil suena esto. 

Mientras escribo,  observo mis fisuras.  Me siento abierta y porosa y vuelvo con cuidado la mirada hacia atrás.  Este último bebé me trajo hace 8 años lecciones muy duras.  Siendo el más pequeño,  cerró mi etapa reproductiva con una cesárea muy dolorosa e incómoda.  Todos mis hijos nacieron en partos naturales y esta cesárea me deshizo por dentro y por fuera.  No pude recibirlo inmediatamente producto de la anestesia.  Me sentía muy mareada y no pude abrazarlo ni sostenerlo como hubiera querido.  Mi cuerpo padeció dolores muy fuertes producto de la cirugía y quedé fuera de mi práctica por varios meses por el corte de mis músculos.   Perdí completamente mis bandhas.  

Hoy me siento parecida,  perdida sin mis cachorritos. Cortada y sangrante y a la vez,  moviéndome con fuerza y determinación para crear algo nuevo a pesar de todo. 

Matías me desbarató por dentro y por fuera y a la vez,  me dio el regalo infinito de su presencia y inteligencia.  Su chispa y humor han sido mis compañeros por años.  Lo extraño cada día,  sobre todo sus abrazos.  Palpita en mí aunque no podamos estar juntos físicamente por ahora.

Todos buscamos Amor y pocos lo encontramos en este mundo tan lleno de falsedades y espejos.   Pero aún ahí,  en esos momentos de oscuridad y desazón, ahí escucho a mi maestro Juan hablándome de continuar atravesando el fuego de la transformación.  

De nunca darme por vencida. 

De desaparecer a la idea que tengo de quién soy y rogar que se haga la voluntad del Todopoderoso. 

Hoy 11 de abril doy un paso atrás,  contemplo mi vida y pido ser un eslabón de amor en este mundo.  Que pueda ser canal de las palabras adecuadas con profundidad y compasión.  Que esta herida abierta por la ausencia de mis niños se vuelva la fuente de lo que necesita suceder.  

Más allá de mis anhelos personales,  que pueda tornar esta experiencia de pérdida en una cruzada por la bondad.

Mis héroes me susurran y me indican que debo ir más allá de mi propia vida y soltar mi personalidad para poder cumplir con lo que viene.  Es tan difícil soltar el hábito de ser uno mismo!  Mis héroes me piden que me vuelva invisible ante los designios de la Gracia conmigo y que en ese fluir pueda entregar  todo el amor que siento por mis niños,  por mi familia y todo lo que conocí que ya quedó atrás.

El yoga arruinó mi vida,  sí.  Despertar implica que ante los embates de la vida reaccionamos distinto a como hubiéramos hecho antes.  Ya no actuamos desde el miedo sino desde la convicción.  La vida me invitó hace dos años a salirme de mi zona de confort y ahora  me ha invitado a no intentar definirme más y soltar todos los roles.  

Me quiere como una presencia,  una energía invisible,  una vibración más que un nombre,  una apariencia o un pasado.  Así que atrás quedan  la traición,  el rechazo,  la humillación,  el abandono y la injusticia porque son muy pesadas.

Mis héroes me invitan a volar alto.  Y los escucho como escucha Matías mi voz diciéndole durante todo el día cuánto lo amo.  Lo bueno de ser una vibración es que cruza montañas,  valles,  ríos y océanos.  No se detiene y vuela veloz sin límites ni tiempo.

Envuelvo a mi cachorrito en mis brazos de nube y lo beso con la brisa de la mañana.  

Mi amor,  te amo más que a nada ni a nadie,  al igual que a cada uno de tus hermanos.  

Que cumplas muchos, muchos más.